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Lunes 15 de septiembre de 2008
Colombia
“Lo peor del secuestro fue la liberación”

Por Carolina Martínez Peña, reportera de El País.

Toma de Miraflores. Pablo Alberto Romero (izquierda) y Leonardo Vidal (derecha), todos los días tratan de recuperarse de las secuelas del secuestro.
Policías y militares liberados en el 2001 dicen que no pudieron recuperar su vida.

A qué se le puede llamar valor? El 3 de agosto de 1998, en Miraflores (Guaviare), al auxiliar de policía Leonardo Vidal le secuestraron para siempre sus sueños. Después de tres años en poder de las Farc y siete de ser liberado, este caleño aún siente su cama dura, extraña.

Por la noche da tantas vueltas, como a diario en su vida. En su almohada pesan más las pesadillas que tiene con la selva y, en el día, recorre Cali en su trabajo temporal de mensajero (o buscando uno nuevo).

“Después del secuestro no pude volver a ser una persona estable. En estos siete años me la he pasado de un trabajo a otro y siempre que llevo una hoja de vida me toca mentir, no mencionar que estuve secuestrado. Es increíble la discriminación porque la gente piensa que uno pasó mucho tiempo con la guerrilla o que sencillamente está loco”. Leonardo no oculta que está cansado, y tan sólo tiene 30 años.

Esa incertidumbre la comparte con la mayoría de los 53 policías y soldados plagiados durante la tristemente célebre toma de Miraflores y liberados tras la firma del Acuerdo de Los Pozos, suscrito el 9 de febrero del 2001 entre las Farc y el gobierno del presidente Andrés Pastrana.

O mejor, con parte de sus ex compañeros, pues el soldado Freddy López Ramírez se suicidó el año pasado para la misma época en que el país, y él, conocieron la noticia de la masacre de los once ex diputados del Valle.

“Él sí estaba activo en la vida militar, alcanzó a estar en tres tomas guerrilleras más, pero no quería, solicitó apoyo psicológico. Finalmente se suicidó”, cuenta Pablo Alberto Romero, uno de los auxiliares de la Policía secuestrados y de los tantos desvinculados de la institución tras su liberación.

El día en que la guerrilla atacó la base de Miraflores y las esquirlas de los cilindros lanzados hirieron su rostro y ‘acribillaron’ para siempre su tranquilidad, este caleño llevaba contados meses prestando servicio militar. Tenía 20 años.

“Cuando nos secuestraron los auxiliares de Policía teníamos entre 18 y 22 años, a eso súmele los tres años en la selva y uno más de adaptación al regre-

sar de ella. A mí me sometieron a cinco cirugías en el rostro, el tímpano y el tabique. Fue un tiempo perdido en que no nos pudimos formar, en que nos quedamos sin estudio, sin poder trabajar”, en su voz se demuestra el desespero.

Onoria Chamizo, tía de uno de los otros secuestrados del Cauca y quien durante los tres años del plagio sacó fuerzas para gestionar la liberación, le reclama al Gobierno que las promesas de apoyo sicológico y económico para los afectados se quedaron en eso, en promesas. “Esta es una lucha que no termina. Muchas personas tuvieron que vender sus casas para tener dinero y viajar hasta Bogotá, o a dónde fuera, para pedir la libertad de sus familiares”.

Sin regreso

Cuando Johny Alexánder Garcés se fue a prestar servicio militar a Miraflores tenía 18 años y las ilusiones de volver pronto para trabajar y comprarle una casita a su mamá. Pero se demoró tres años en regresar y encontró a doña Martha sin vivienda y sin negocio, pues tuvo que venderlo para viajar varias veces a Bogotá y clamar más cerca por su liberación.

En junio del 2001 esta mujer se sintió escuchada, pero ahora susurra que a su hijo no se lo devolvieron del todo. “Cuando llegó se despertaba asustado: ‘Están disparando, nos van a matar’, decía. Con el tiempo se ha vuelto muy grosero, yo sé que es mi hijo, pero parece otro y a veces le tengo miedo”, cuenta en voz baja.

De las angustias que sufrió Johny en cautiverio nadie sabe, de hecho, ya poco habla. Su abuela dice que se niega a afeitarse la barba y a tomar las medicinas que le formula un médico conocido de la familia. Cuando siente rabia golpea siempre la misma puerta de madera y está más flaco que cuando era un adolescente.

Hace un mes, por primera vez y después de tres tutelas, el nombre de este caleño por fin fue ingresado al sistema de la Policlínica para recibir atención médica. El apoyo sicológico sólo lo recibió el primer año en que recobró su libertad.

Aún así, Johny es un hombre afortunado frente al resto de sus compañeros de campamento. Su novia lo esperó tres años y “sigue pendiente de él”. Es que otro de los combates que los liberados dicen haber perdido es con el amor. Leonardo, Pablo y “casi todos” están separados; otros “siempre han estado solos”.

“Uno pierde el sentido de la vida. Da lo mismo dormir en el piso o en la cama, el secuestro te vuelve sencillo, pero te hace perder el valor de las cosas. Reconozco que uno se irrita fácilmente y tener una relación amorosa no es fácil”, dice Pablo.

Agrega que la tranquilidad no se recobra, viene y va con mucha facilidad.

Se espanta cuando escucha un helicóptero, huye cuando un desconocido se acerca. “Una vez iba en el bus y una mujer que vendía en la calle se quedó mirándome fijamente, era una guerrillera. Eso te hace sentir inseguro”.

La felicidad también es incompleta. El día en que el jefe guerrillero ‘Mono Jojoy’ los reunió para anunciarles la liberación lloraron de alegría, pero se quedaron ‘secos’ de tristeza por los que se quedaron.

De los 56 policías y soldados retenidos en la toma de Miraflores, 53 fueron liberados en el 2001. Dos más (el teniente Juan Carlos Bermeo y el cabo primero John Jairo Durán) recobraron su libertad el pasado 2 de junio junto a Ingrid Betancourt y los tres norteamericanos. Pero en la selva aún queda el capitán William Donato, acumulando 10 años de secuestro, de pesares. “Eso duele, me hace sentir todavía prisionero”, dice Leonardo.

El tío de Johny, Vladimir Garcés, repite y repite que el mismo ‘Mono Jojoy’ aseguró que el 3 de agosto de 1998 los combatientes de la base de Miraflores pelearon “como leones”, pero no tenían suficientes municiones. Sin embargo, sus escasos meses de vida militar y los tres años de secuestro no fueron méritos suficientes para que los auxiliares de Policía, como Johny, recibieran la Medalla al Valor de las Fuerzas Armadas.

Que perdieran su vida, aunque no hayan muerto en combate, tampoco les alcanzó para una pensión. Un mes después de la liberación fueron desvinculados de la institución.

“Uno trata de sobrellevar las cosas, pero a veces me dan ganas de llorar, mi mamá no entiende por qué pero se sienta al lado y llora conmigo. Por lo menos en la selva todos nos apoyábamos, nos entendíamos, vivíamos lo mismo, pero salir y sentir que todos te dan la espalda, que no podés ni siquiera conseguir trabajo es lo más bravo”.

Por eso, para Leonardo, “lo más duro del secuestro fue la liberación”. Aunque a veces pierde la fuerza, siempre combate esos pensamientos de muerte y, por su hija, escoge ganarle la batalla a la vida un día más. Eso es valor.

“No hubo indemnización”

Marlene Orjuela, directora de la fundación Asfamipaz, sostiene que así como el Estado les ha dado la mano a los desmovilizados, debe reforzar el compromiso con los policías y soldados secuestrados mientras defendían su patria. La mujer asegura que instituciones como el Ejército y la Policía no le han garantizado una indemnización digna a los liberados. “Antes de la liberación se hablaron de programas en la Policía para prestar tratamiento psicológico y médico durante cinco años, sin embargo, esto no se le cumplió a los que quedaron por fuera de la institución, como los que estaban prestando servicio”.

El país intentó comunicarse con el área de Derechos Humanos de la Policía, y no fue posible. Por su parte, el Ministerio de Defensa, a través de Fondelibertad, ofrece asistencia psicológica y legal a las familias y las víctimas del secuestro, durante y después del hecho. La comunidad en general puede llamar al 6067555 (103).

Larga espera

De los auxiliares y soldados liberados en el 2001, 25 eran del Cauca y la mayoría se encuentran desempleados. Los que corrieron con mejor suerte están dedicados a las labores de vigilancia en Popayán o en fincas.

Onoria Chamizo asegura que las becas para realizar los talleres de capacitación no superaron el mes, pues si bien se otorgaron algunos cupos, ellos no tenían cómo asumir los costos del transporte diario hasta Cali. “Y cada uno prefirió coger su camino”.

Para el ex soldado regular César Chantre Chamizo, la vida ha sido una tragedia desde entonces. No sólo fue dado de baja de manera abrupta por el Ejército, sino que las promesas de capacitación no se materializaron. Durante cinco años estuvo sin trabajo, viviendo de la solidaridad de sus familiares.

Y Chantre Chamizo, quien cayó en el ataque a la base de Patascoy, en 1997, ha rodado temporalmente por varias empresas de seguridad. “Lo que nos prometieron nunca llegó”. (Redacción de El País, Popayán)





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