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1 de Septiembre de 2014
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Conmemoración
Las lecciones que dejó la tragedia de Armero



Pese a que todos los organismos de socorro se volcaron hacia Armero para atender la emergencia, los esfuerzos de los socorristas sucumbieron ante la magnitud de la tragedia. Archivo I El Pais
Carlos Iván Márquez, director de la Red de Socorro Nacional de la Cruz Roja, estuvo 45 días en el municipio tolimense y cuenta las afugias vividas. El caos, la dispersión de esfuerzos y la duplicidad de funciones caracterizaron las labores de los rescatistas. Hoy, 20 años después, se notan los avances.

El deslave del volcán Nevado del Ruiz, el 13 de noviembre de 1985, no sólo generó una gran tragedia nacional, sino que dejó en evidencia las grandes debilidades que tenía el país en materia de prevención y atención de esa clase de emergencias.

Hasta ese momento, Colombia carecía de un sistema integrado a través del cual se coordinaran las acciones públicas y privadas que permitieran no sólo atender a los afectados, sino trazar estrategias de prevención.

Hacia lo que era Armero, hace 20 años, se volcaron todos los organismos de socorro -cuerpos de bomberos, Cruz Roja, Defensa Civil—, entidades públicas como los ministerios de Gobierno, Salud y Obras Públicas, pero en muchos casos sus esfuerzos resultaron insuficientes ante la magnitud de la tragedia.

Descoordinación, duplicidad de funciones y caos caracterizaron los primeros días de atención a la tragedia. Pero ello fue generado por la determinación de cada uno de los socorristas para poner toda su capacidad en favor de los compatriotas afectados por la tragedia.

“Fue una tragedia que nos impactó a todos. Había momentos en que no sabíamos qué hacer ante tanta destrucción”, recuerda Carlos Iván Márquez, director de la Red de Socorro Nacional de la Cruz Roja.

En esa época, Márquez era socorrista en Santander, pero ante la magnitud de los hechos fue trasladado a Armero, en donde permaneció 45 días.

Para él es claro que la gran enseñanza que dejó Amero fue la necesidad de crear un organismo con la capacidad suficiente para integrar y coordinar las actividades de todos los organismos públicos y privados encargados de prestar atención en esa clase de eventos.

“Cuando ocurrió la tragedia de Armero, por falta de un sistema nacional cada institución se organizaba y de manera propia generaba acciones de atención. Luego de los rescates, cada organismo asumió el manejo de albergues, pero había desinformación interna entre los miembros del sistema”, recuerda el Director de la Red de Socorro de la Cruz Roja.

Igual es la conclusión de Eugenio Alarcón, jefe de la Oficina de Investigación y Desarrollo de la Defensa Civil: “La necesidad de trabajar en equipo e integrar los esfuerzos de cada una de las entidades comprometidas con la atención de emergencias fue el gran aprendizaje”.

Sin embargo, tanto Márquez como Alarcón coinciden en señalar que la ausencia de un organismo coordinador a escala nacional no fue obstáculo para que se pudiera atender a los damnificados, rescatar a los heridos y brindar la atención que se requería en ese momento.

En sus propias palabras
“La emergencia de Armero nos llevó a que se hagan los planes de ordenamiento territorial y se les diga a las poblaciones dónde se puede construir y en dónde no para que no se pongan en riesgo sus propiedades”, Alberto Núñez, director técnico del Servicio Geológico de Ingeominas, en declaraciones a El Pais.
“Uno está dispuesto a colaborar, pero a veces no sabe cómo; sin embargo, cuando se une con otros encuentra alternativas”, expone Márquez.

LA CREACIÓN. Pero esa gran enseñanza sólo se materializó en 1988, mediante la Ley 46, reglamentada un año después, a través del Decreto 919.

Ese par de normas definieron las competencias, los protocolos y los procesos que debe cumplir cada una de las entidades antes, durante y después de una emergencia.

A partir de ese momento nació La Dirección General de Atención y Prevención de Desastres, adscrita a la Presidencia de la República.

“El sistema nacional de Prevención y Atención de Desastres es un conjunto de entidades estatales, privadas y comunitarias, integradas con el objeto de unir este tipo de esfuerzos”, explica Eduardo González, actual director del organismo.

De él hacen parte la Defensa Civil, la Cruz Roja, la Dirección Nacional de Cuerpos de Bomberos y entidades públicas como Ingeominas, el Ideam y el Observatorio Sismológico, entre otros organismos.

Ahora y después de amargas experiencias posteriores, como el terremoto del Eje Cafetero y las grandes inundaciones, se ha logrado consolidar la Política Nacional de Atención de Desastres, que definió que debe haber una entidad coordinadora a escala nacional, que es el Ministerio del Interior, a través de la Dirección General de Prevención y Atención.

Igualmente, se estableció que todos los municipios y departamentos deben tener sus comités locales y regionales, respectivamente, funcionando.

“Con gran satisfacción hoy vemos que hay 32 comités seccionales y 903 locales, en todo el país”, manifiesta González.

El funcionario reconoce que si bien hay que hacer mayores esfuerzos en la mitigación de riesgo, que son establecidos por las entidades técnicas integrantes del sistema, es indispensable comprometer a las comunidades en estos planes de prevención y atención.

“Esa participación, sin embargo, es la parte más crítica porque esa enseñanza o preparación no se está dando. En esa preparación de la comunidad nos falta avanzar mucho”, reconoce Alberto Núñez, director técnico del Servicio Geológico de Ingeominas.

Eugenio Alarcón, de la Defensa Civil, agrega que “la comunidad no se está preparando conscientemente para actuar durante una emergencia o un desastre”.

Por ello, considera necesario impulsar la creación de comités de barrio, de cuadra y hasta de disponer actividades entre las familias para cualquier clase de eventualidades.

“DE LA TIERRA A LA LUNA”. Una de las actividades principales de la Dirección General de Atención y Prevención de desastres es, precisamente, prevenir con base en información cierta la ocurrencia de algunos eventos.

“En cuanto a los estudios se ha avanzado; yo diría que el salto es como de la tierra a la luna, porque cuando se dieron los primeros indicios de la actividad del Ruiz nosotros recurrimos a todas las instancias nacionales e internacionales para buscar instrumentos para monitorear el volcán y solamente se tuvieron unos pocos que sirvieron a medias, porque nos indicaban lo que había pasado el día anterior, mas no lo que estaba por venir”, explica Núñez.

Pero ahora la situación, al menos en lo que tiene que ver con actividades sísmica y volcánica, es diferente, señala el funcionario.

“Luego de la erupción del Ruiz llegaron al país todos los instrumentos necesarios con señales de radio, y de ahí a lo que tenemos ahora, que son entre ocho y diez volcanes activos monitoreados permanentemente, el cambio es muy grande”, concluye.




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