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Sábado 03 de febrero de 2007
Vivir
Genealogía echa raíces otra vez

Por Alda Mera - Reportera de El Pais

Fotomontaje: Fernando Camacho | El País
Cuando Christian Caicedo de la Serna le preguntó a su tía para qué servía ‘ese cuadro’ –refiriéndose al dibujo de un frondoso árbol con muchas ramificaciones–, ella le dijo: “Para nada”.

Pero ese árbol genealógico le sirvió a él para devolverse siglos atrás en el tiempo, conocer la historia de sus antepasados y, casi sin querer, lo convirtió en historiador del Valle del Cauca.

Esa inquietud que le surgió a sus 16 años lo indujo a esa búsqueda insaciable por conocer de dónde venía, al punto que hoy tiene estudiadas más de 500 familias de lo que fue el antiguo Cauca Grande, que comprendía desde Ecuador hasta Panamá y Antioquia.

Apasionado por la genealogía, mucho antes de graduarse en Derecho en la Universidad Santiago de Cali y de ser nombrado miembro de la Academia de Historia del Valle del Cauca, recorrió archivos notariales, parroquiales, de cabildo e históricos locales, nacionales y hasta de Valladolid, Sevilla, Simancas y Madrid, España, del siglo XVI hasta el XVIII, para armar el rompecabezas de las raíces vallecaucanas.

Origen –‘génesis’ significa origen y ‘logos’, estudio– es la palabra clave que justifica armar el árbol genealógico, una costumbre que parecía en vías de extinción, pero que ha vuelto a echar raíces en los albores del Siglo XXI.

“La genealogía sirve para saber qué genes gobiernan nuestras vidas, los gustos, las aficiones, las profesiones, y tiene importancia hasta en el aspecto fisiológico y fisionómico (rasgos físicos). Una médica hizo un estudio en Medellín en el que muestra que ciertas familias antioqueñas tienen genéticamente tendencia a padecer enfermedades del corazón”, dice María Eugenia Ramos de Arango.

Así se presenta en las situaciones cotidianas esta nieta de Mariano Ramos Restrepo, en cuyo honor un barrio de Cali lleva su nombre. Pero para los más cercanos ella es María Eugenia Ramos Giraldo Mosquera Romero Restrepo Pineda Sánchez Pichevin Erazo González Lindo Cordobés Figueroa Byrne, para contar sólo hasta los apellidos de sus tatarabuelos.

“En una investigación sobre apellidos sefarditas (de origen hebreo español) hallé que figuran Ramos Romero, Pineda, Sánchez, González, Fajardo, Lindo y Figueroa”, dice.

Apasionada por sus ancestros, ha leído tratados genealógicos de Colombia y de la región, que registran la vida, los enlaces, los ascendientes y descendientes de cada uno de sus antepasados.

Más allá de eso, ella precisa que la genealogía permite ver cómo está hecho el tejido social, cómo se entrelazan las familias y forman núcleos, cómo se mezclaron españoles con indígenas, anglosajones con latinos, qué porcentajes de sangre foránea o de otras corrientes pueden influir hasta en nuestro comportamiento. “Es interesante saber cómo se hace el mestizaje, cómo se llega a la hibridez de nuestras razas y eso lo hace a uno un ser único y maravilloso”, dice.

De ahí que para Christian Caicedo lo importante no son esas genealogías que reseñan sólo nombres y apellidos. “Lo valioso son los estudios biografiados para saber qué tanto hizo el tipo y si estuvo diez veces en la cárcel, no importa, hay que decirlo”.

Así que devolviéndose de generación en generación, este hijo de Hernán Caicedo Buenaventura, de Cali, y María de la Serna Ramírez, de Cartago, encontró que sus séptimos abuelos paternos dobles fueron Antonio de Bonaventura y Vicenza Lombardi y Bonaventura y entre sus hallazgos están la partida de bautismo de su sexto abuelo Giacinto Matteo Antonino Vicenzo, en la parroquia de San Ipólito, de Palermo, Sicilia, y el pasaporte de Cristóbal de Caicedo Salazar y Holguín Rengifo, cuando fue a estudiar a España en el Siglo XVI.

O que en su frondoso árbol genealógico hay dos indias. Una de los gorrones de Roldanillo y otra de Ambato, Ecuador, donde la cacica Inés Cusichimbo Julín casó a su hija, que figura como Inés de Salas, con Jerónimo de Villacreces Ortega, hijo del Barón Manuel María de Ortega.

“La cacica Cusichimbo se casó primero con un acaudalado señor Garcés, de cuyo dinero tomó la dote para casar a su hija natural con el hijo del Barón. En el testamento pide perdón a sus hijos Garcés por tomar dinero de su herencia, pero deja constancia de que lo hizo por conveniencia”, cuenta Christian.

Aunque el fin primario de la genealogía fue demostrar abolengos y alcurnias, el historiador dice que esa ciencia va más allá y sirve para rastrear desde enfermedades genéticas hasta costumbres o tendencias de cada familia.

Por ejemplo, en el lado de los Caicedo, este ‘gomoso’ de la genealogía encontró que casi todos habían sido alféreces reales de Cali, desde su noveno abuelo Juan de Caicedo Salazar, casado con Marina Rengifo Holguín, hacia los años 1600 hasta Manuel Antonio Buenaventura y Martínez de Ibarguen, su cuarto abuelo. Por la línea materna, Antonio Redondo de Guzmán, fue el primer regidor de Cali en 1536 y posteriormente alférez real y alcalde.

Y así como hay familias sólo de médicos, otras abogados, otras de religiosos, el árbol da todo tipo de frutos. “Un barrido de todo el Cauca Grande permite ver qué tan rezandero era cierto tronco familiar. O establecer la familia noble –no le voy a decir cuál– con el mayor número de señoras con hijos naturales, sin que por eso pierdan su nobleza”, dice el historiador.

María Eugenia, por su parte, emparentada con la Casa Mosquera de Popayán, dice que ésta era una familia de líderes: “Entre los hermanos Mosquera hubo un presidente, Tomás Cipriano, dos próceres y un arzobispo, que tuvo que irse del país cuando el primero expulsó a los jesuitas de Colombia”.

El eslabón perdido. Tema apasionante que sirve también para buscar eslabones perdidos hoy. Por ejemplo, su bisabuela Ernestina Pichevin sintió la frustración de que nunca pudo conocer Francia, la tierra de su padre Juan Aquiles Pichevin.

Y el rastro de la familia Pichevin en Francia se perdió porque la mayoría de sus integrantes murió en las guerras mundiales.

Sin embargo, vía internet, María Eugenia logró contactar primos contemporáneos a ella. Como Yves, residente en San Francisco, EE. UU. Ambos se enteraron que sus tatarabuelos llegaron a América por distintos caminos: el de ella por Buenaventura y el de él por Guyana Francesa. Incluso cotejaron fotos y vieron rasgos que permiten decir que el sello familiar no se pierde.

La genealogía da cuenta también de comportamientos colectivos o de pueblos y ciudades. De ahí que el aporte de la genealogía a las ciencias sociales como la sociología, la antropología y la historia ha sido mayúsculo.

“Por ejemplo, los vallecaucanos somos bastante engreídos. Todos nos sentimos de mejor familia que nuestros propios parientes. Y somos lentos y perezosos como rezago de una ley que decía: ‘noble que se respete no trabaja, para eso (oficios viles) están los demás’”, dice Christian.

También es claro que en la región no se encuentra el rastro de familias del resto del país hasta 1800, porque en esa época se casaban entre los mismos desde Cartago hasta Popayán para asegurar el poder económico de las familias. “El despelote empezó después por las 50 guerras que tuvo el país y las migraciones europeas por las dos guerras mundiales y la española”, explica.

Sobre la indiferencia de las nuevas generaciones por el pasado, María Eugenia Ramos dice: “Cuando están jóvenes no les interesa, les preguntan cómo se llaman y dicen ‘Carlos’, a secas, pero cuando se asientan en la realidad de la vida y tienen hijos, ya se preguntan qué van a heredar de mí y de mi cónyuge”.

Sin embargo, entre los mismos genealogistas circulan los chistes: “Todos los vallecaucanos descendemos de Sebastián de Belalcázar, el problema es saber de cuál india”. O este otro: “Para qué dar tantas vueltas si al final llegamos al mismo punto: que todos venimos del mono. Pero gracias a la genealogía, ya sabemos de cuál mono”.

De nobles y plebeyos

De las 500 familias que ha estudiado Christian Caicedo, él asegura que hay unas cien que no son de clase social alta. Anécdota.

Es el caso del mestizo Juan Núñez y Rodríguez, un comerciante plebeyo que se enriqueció en unas minas en Barbacoas, y comenzó a vestir capa, indumentaria restringida sólo para los nobles. Por lo cual un Alférez Real por la línea Caicedo le arrancó la prenda en la calle reclamándole que “con qué derecho usa usted capa”.
A lo cual el ofendido reviró:

–Y usted con qué derecho la usa si usted viene de las indias de Roldanillo– aludiendo a que en sus ancestros había sangre de los indios gorrones, asentados en Roldanillo.

El noble le interpuso demanda por ofensa al honor de la familia, proceso que se prolongó tres generaciones más. Al final los nietos de ambas vertientes acordaron terminar el pleito reconociendo la nobleza de los Caicedo y el juez condenó a los Núñez a pagar los costos del lío. ¡Qué tal la herencia!

Las familias aristocráticas son las que más buscan su origen, pero Christian Caicedo dice: “Los plebeyos piensan que no tienen árbol, pero es un error porque la genealogía no tiene clase social, lo importante es conocer los ancestros, sean los que sean”.

Curiosidades

Hasta sus 32 y 33 abuelos ha encontrado Christian Caicedo en distintas ramificaciones, en investigaciones que lo han devuelto hasta el año 400 d. de C.

Por la línea Caicedo Buenaventura ha investigado hasta 27 generaciones atrás. Por la línea materna de la Serna Ramírez conoce unas cinco generaciones más.

El entramado genealógico da situaciones únicas como que él es Holguín trece veces.

Tesis del padre jesuita Gumilla

Español e india: mestizo.

Español y negra: mulato.

Negro e india: mulato.

Negro e india: zambo.

Español y mulata: cuarterón (sólo tenía un cuarto de sangre pura).

Español y cuarterón: tentenelaire (que no era ni blanco, ni indio ni negro).

Español y tentenelaire: saltatrás (pude salir blanco, negro o indio).

Prepárese para la búsqueda

Definir qué rama va a investigar y si lo quiere hacer en forma ascendiente, es decir, buscando los antepasados de un sujeto hacia atrás. Si parte del sujeto hacia adelante es descendiente.

Hacer una lista de nombres por estudiar, con sus apellidos, incluso de mujeres solteras, fechas y ciudades de residencia.

Definir las fuentes de información. La primera es la propia familia, enseñando la lista a los parientes en primer grado y preguntar, preguntar y preguntar.

Acudir a archivos de parroquias y notarías donde fueron bautizadas o registradas las personas que se desea investigar. De ahí la importancia de conservar o hallar los números de registros, fechas, dirección de la capilla, etc.

Recuperar archivos fotográficos antiguos, a veces tienen fechas y datos de interés, así como documentos familiares como cartas, diarios personales, escrituras, cuentas, testamentos y papeles oficiales de acciones legales aportan datos de valor.

También los objetos como joyas, insignias, condecoraciones, medallas, pergaminos aportan sobre fechas y acontecimientos.

Los diarios, revistas y obituarios son importantes porque ubican el contexto social de la época.

En internet hay sitios y software especializados para ayudar a hacer el genograma, así se llama hoy al árbol genealógico. Genopro es gratuito y permite poner su árbol en internet.

El sitio Open Directory Projet ofrece otro en la sección Software para genealogía. El sitio Suymi tiene un programa en castellano.

En yahoo.com, altavista.com y google.com puede poner su apellido para saber si hay más personas registradas con ese apellido. Sino, usted puede poner el primer ladrillo. También puede escribir tarjetas de mensaje en sitios especializados como www.genealogygenforum.com

Tipos de aristocracia

Genética: es la que se tiene, la que se lleva y se trae de ‘sangre y solar conocido ’ indistintamente de cualquier otra circunstancia.

Real: la otorgada por el rey que declara hidalgo o noble a un vasallo o campesino, sólo en virtud de alguna hazaña guerrera. Incluso, el título podía ser marqués, duque o conde, según la magnitud de la proeza.

La benemérita. Aplica para América Latina y era la que ostentaban los conquistadores que se denominaron beneméritos fundadores de pueblos. Por lo tanto, fundar ciudades servía para detentar poder, hidalguía y títulos.

En sus propias palabras

- “Quise hacer un seguimiento de mis apellidos hacia lo más remoto, pero hallé que no tenía cuatro apellidos sino hasta los menos pensados, porque en ésto hay que indagar no sólo sobre los que convengan, sino los que vengan sin importar las clases sociales”.

- “A través de los testamentos se puede inferir de dónde venía la persona, quién le debía y a quién le debía, cómo se vestía, a quién le dejaba la herencia y hasta cuál era el santo de su devoción”. Christian Caicedo, en diálogo con El Pais.

- “Todo el mundo tiene árbol genealógico, así no tenga ancestros políticos, sabios nobles o ilustres. Y día a día tiene más ramificaciones, pero no se pierde”. María Eugenia Ramos de Arango, en entrevista con El Pais.

El orígenes del origen

El afán por retroceder para saber “de qué familia venimos” ha ocupado tanto al ser humano como el origen mismo del universo y de la especie humana.

La genealogía es una tradición europea latina –los anglosajones no la siguen–usada desde el Renacimiento para distinguir a nobles de plebeyos y trajeron a América los conquistadores.

De acuerdo con el periodista Álvaro Gärtner, ésta es una de las herencias españolas más fuertes porque en la Colonia era requisito presentar certificado de limpieza de sangre para ser admitido en el Colegio Nuestra Señora del Rosario, y al parecer, en el San Bartolomé también.

“Ese certificado o probanza de nobleza debía constar que al menos cuatro generaciones atrás no había negro, ni indio, ni mulato, ni mestizo, ni zambo, ni judío ni moro ni converso, y además era hijo legítimo”, dice.

Ese proceso lo seguía la aristocracia criolla y los españoles que no tenían nobleza ‘de sangre’, pero que les fue dada por el rey por ser conquistadores.

De ahí que en los libros parroquiales se hacían unas notas al margen de la partida de bautismo que discriminaba: mulato, negro, mestizo, esclavo, indio o blanco, según el caso. “A veces el cura omitía involuntaria –o voluntariamente –el apellido, por lo que tomaban el de la nota: Mulato, Mestizo, Blanco”, dice.

“Desde que la Constitución de 1821 decretó la libertad de vientres, es decir, que hijo de esclava nacía libre, la anotación decía: “Libre por ley”, señala Gärtner.

España reforzó la tradición al decretar la expulsión de los judíos. “Se debía demostrar que era español de vieja data, de ahí viene la expresión: ‘Por mis venas no corre sangre ni judía ni mora’. Pero el mejor certificado era cuando los hacían desnudar y si estaban circuncidados, era evidente que eran judíos”, dice.

“La importancia de la genealogía radica en que permite estudiar las relaciones de poder y económicas y cómo las consolidan mediante las alianzas matrimoniales”, concluye Gärtner.




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