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Domingo 30 de diciembre de 2007
Entrevista
Fajardo, el Milagro de Medellín

Por: Margarita Vidal

Sergio Fajardo, alcalde de Medellín, quien le entregará el mando a Alonso Salazar.
El primero de enero entrega su cargo Sergio Fajardo, el hombre que le cambió la cara a la capital de la montaña. Volverá al periodismo. Dice que no lo desvela la presidencia.

A Sergio Fajardo sus fanáticos le han endilgado toda suerte de títulos rimbombantes y halagos desmesurados.

Sus malquerientes, un rosario de acusaciones y un enjambre de epítetos impronunciables. Los primeros sienten que este joven matemático sin historia política hizo milagros en serie. Los segundos, que fue poco menos que un engendro mediático.

Entre los últimos clasifican, claro está, los que se sintieron desposeídos de las prebendas, chanchullos, partijas, gabelas y mordidas tradicionales, enquistadas en el arcaico caciquismo político.

Una dirigencia que había sido incapaz, por décadas, de cambiarle el destino a una ciudad tradicionalmente trabajadora y llena de valores, pero convertida, por arte del narcotráfico y la corrupción, en una sociedad escindida y agobiada por la violencia.

Pero llegó Fajardo y le cambió la cara a la ciudad. La explicación del éxito de Fajardo es una a la que no estábamos acostumbrados: hizo bien su trabajo. Se rodeó de los mejores y más capaces, gobernó con transparencia, combatió la corrupción y la violencia, gobernó para todos y le puso a su administración todo el énfasis social que la ciudad estaba pidiendo a gritos desde hacía décadas.

Fajardo había surgido en la campaña anterior a la de su elección, con el mismo estilo de Álvaro Uribe: como si lo hubieran sacado de un cubilete o se hubiera materializado al chasquido de los largos dedos de un mago. Lo cierto es que nadie daba un peso por él porque no tenía partido político, ni carro, ni plata, ni equipo de campaña, ni comerciales. ni compraba votos, ni ofrecía puestos, ni lo conocía nadie. Hablaba de ciudad incluyente, de restaurar el tejido social, de congraciar segmentos divididos por la inequidad, la pobreza, la falta de oportunidades. Le apostaba a la educación, al desarrollo, a la recuperación de las zonas marginales, a las tenebrosas y populosas ‘comunas’ dominadas por las yerbas del hampa. En el año de su elección como alcalde sacó la votación más alta en la historia de Medellín y se fajó una alcaldía que le granjeó fama y admiración y lo puso en el partidor de la carrera presidencial.

Fue elegido como el mejor alcalde del país, el hombre del año y hasta el más sexy - hay que decirlo – porque también se las trae con su chusquera y su seducción.

Fajardo trabajó sin tregua para estructurar la ciudad de sus sueños, manteniendo buenas relaciones con el Concejo sin gabelas ni compromisos politicos, con un equipo joven y lleno de mística y con el apoyo de una ciudadanía a la que le devolvió su sentido de pertenencia.

Pasado mañana le entregará feliz el mando a Alonso Salazar, su ex secretario de Gobierno y coequipero de sus políticas y un hombre que conoce la problemática de la capital montañera, hoy más linda que nunca con sus mega bibliotecas, sus parques y zonas verdes, su metrocable, sus avenidas y vías, sus nuevos colegios, la pacificación de sus comunas, su logro como único caso exitoso de desmovilización paramilitar, sus poderosas Empresas Públicas y un largo etcétera. Queda mucho por hacer, pero el progreso en todos los órdenes es deslumbrante.

Un poco de historia

Nacido el 19 de julio de 1956, Sergio Fajardo es antioqueño por los cuatro costados, fue buen estudiante y graduando precoz a los 16 años. Era un tímido adolescente a quien le daba pena sacar a bailar pareja y sostiene que se la pasaba “comiendo pavo” por carecer de ‘swing’ para el baile.

A principios de los setenta dejó a la novia y a la familia llorando a mares y se fue a Bogotá a estudiar matemáticas en Los Andes y un magister que luego culminó con un doctorado en la Universidad de Wisconsin, de donde regresó para casarse con otra novia. Fue profesor e investigador muchos años en su alma máter, vivía a caballo entre Bogotá y Medellín y escribía en El Mundo y El Espectador.

Se ha casado dos veces. De su primer matrimonio tiene dos hijos y en la actualidad su esposa es Lucrecia Ramírez, psiquiatra de profesión, una mujer con agenda propia que complementó su labor en la alcaldía.

Es, además, un hombre que sabe lo que tiene, dónde están sus fortalezas y dónde sus debilidades. Es inteligente, arriesgado y creativo. Maneja una dialéctica convincente y… es arrogante, aunque no le gusta que se lo digan. Añadiría que es un poco transcendental y no estoy muy segura de su sentido del humor. Al menos no lo mostró cuando Lucho Garzón, el alcalde de Bogotá, dijo con su legendario gracejo que: “si Uribe se cree Dios, Fajardo es Dios”.

Alineado en el partidor

¿Por qué volver al periodismo en vez de irse al exterior a seguir estudiando?

Tengo una invitación de Harvard, pero por el momento pienso que le he dedicado bastante tiempo a la academia. Ahora quiero seguir apuntalando mi regla de oro que es el respeto hacia los demás, a través de la oportunidad que se me presenta con Caracol de recorrer el país para ver, oír , estudiar y aprender ‘in situ’, cuáles son las necesidades de la gente y trabajar con otras personas para construir una propuesta que consulte cómo se puede reconstruir el tejido social roto por tantas inequidades.

O sea que no lo desvela la presidencia pero sí va por ella...

Yo, donde esté, ya tengo una marca política. Nunca pensé que eso sería así, pero sucedió y me gustó la experiencia de Medellín, donde demostramos que sí se puede gobernar con transparencia y honestidad, aglutinando sectores y voluntades. La presidencia no es necesariamente mi meta, pero es un honor y un orgullo que piensen en uno como una posibilidad. Jamás pensé que sería alcalde, mucho menos presidente, pero lo último que haría sería pararme a dar cátedra y a hacer promesas sin haber desentrañado la realidad del país y sin la perspectiva adecuada de sus necesidades y problemas.

Usted llegó como independiente a la Alcaldía de Medellín, pero en una candidatura nacional los partidos son necesarios , ¿estructurará uno?

Nosotros, y hablo también de Alonso Salazar, el nuevo alcalde, tuvimos el aval de la Alianza Social Indígena a Compromiso Ciudadano, nuestro movimiento. Eso funcionó y nos dio un gran soporte. Es prematuro hablar de otras posibilidades y no veo la necesidad de precipitarse.

Logró la votación más alta en la historia política de Medellín, en contra de la política tradicional. ¿Qué motiva a la gente a votar o a abstenerse?

La abstención es una actitud y una decisión que va de la mano de una connotación negativa del ejercicio político.

En Medellín la votación reciente por Alonso Salazar disminuyó significativamente la abstención, lo cual demuestra que hay que presentarle a los electores propuestas concretas, sintonizadas con sus necesidades y carencias.

¿A Salazar le ayudó el éxito de la administración Fajardo, de la cual fue secretario de gobierno?

La experiencia de nuestra administración le demostró a Medellín que hablábamos en serio y la gente respondió. Es necesario realizar campañas de pedagogía cívica, de envergadura, a través del gobierno central y de los regionales, para que las gentes reflexionen sobre la importancia y significado de cada voto.

Si no fuera por la tragedia que implica, el tema del intercambio humanitario se podría describir como una especie de sainete, ¿cómo analiza lo que ha pasado?

Todos los acontecimientos recientes alrededor del tema confirman que el intercambio está en el terreno de la discusión política y que tanto el gobierno como las Farc tienen unos intereses particulares y que los secuestrados están en el medio. Por otra parte, el Presidente mostró su disposición a facilitarlo a pesar de los “inamovibles” y las Farc también movieron sus posiciones. Todo ello ha generado tensiones, pero ha terminado logrando algo inusitado y es la entrega de tres personas sin nada a cambio y allí todos ganan. Las Farc recuperan presencia internacional, el gobierno demuestra disposición y se abren caminos para volver a generar esperanza en el diálogo y la negociación, que son las únicas vías posibles para lograr acuerdos. El reto es abrir posiciones para diseñar un trato aceptable para las partes.

¿Cuál es para usted el tema crucial para el país en un futuro inmediato?

La reconciliación es la clave. Sobre ella se podrán construir un proyecto de paz y un futuro. Hemos tenido presidentes que se la han jugado de diversas maneras en la búsqueda de la paz, pero también se ha demostrado que ella no la hace una sola persona. Es una tarea en la que debe participar toda la sociedad a través de todos sus estamentos, con una sola voluntad y con los sacrificios que haya que afrontar bajo el cobijo de la legalidad.

¿Qué otro tema clave señalaría ?

La lucha contra las enormes desigualdades sociales, de muy vieja data y muy profundas en Colombia, sin descuidar la lucha contra la pobreza, que es sólo una de ellas. La igualdad de oportunidades debe ser un tema que obsesione a un gobierno que propenda por el bien común.

¿Qué le parece la posibilidad de un tercer mandato de Uribe?

Sería un error garrafal y sin sentido. Se especula mucho al respecto, pero yo no creo que el Presidente esté pensando en eso.

Medellín y Cali han compartido la tragedia del narcotráfico y sus secuelas. Ustedes han avanzado, nosotros estamos tratando, sin lograrlo del todo, ¿Qué nos diría a los caleños?

Que se unan porque mientras subsista una división con connotaciones sociales no se puede trabajar juntos para avanzar y ofrecer soluciones. En Medellín acuñamos la frase de “Pasemos del miedo a la esperanza” y la gente entendió, se comprometió y respondió.

Nuestros problemas eran los mismos con sus propias complejidades pero, como dijo alguien, “la política es el arte de construir esperanza” y a través de ella las percepciones cambian y los seres humanos se dignifican. La violencia no se elimina de un solo tajo, máxime cuando son muchas sus formas en un país escindido como éste, pero se van combatiendo una por una y allí donde se trabajan se van creando soluciones, cerrando brechas y ofreciendo oportunidades.

En sus propias palabras

  • Un tercer mandato de Uribe sería un error garrafal y sin sentido. No creo que el Presidente esté pensando en eso.

  • En Medellín acuñamos la frase que dice: “Pasemos del miedo a la esperanza” y la gente entendió, se comprometió y respondió.



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