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1 de Septiembre de 2014
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Aniversario
Diez años sobreviviendo

Por Jorge Enrique Rojas, Reportero de El Pais

Los restos del avión siniestrado quedaron esparcidos alrededor del cerro San José, en el corregimiento El Placer, en Buga. Arriba, Gonzalo Dussán, su esposa y sus dos hijos, antes del accidente. Del grupo sobrevivieron él y la niña, que hoy tiene 16 años. FotoI El Pais
A las 9:51 p.m. del 20 de diciembre de 1995 un Boeing 757 de American Airlines que venía de Miami a Cali se estrelló en el cerro San José, en zona montañosa de Buga. Murieron 151 pasajeros y la tripulación, compuesta por 8 miembros.

Del siniestro de un avión sólo se siente la turbulencia previa al choque. Eso, y el corazón tratando de salirse por la boca.

El resto es imposible recordarlo. El cerebro lo bloquea. No quedan registros del dolor que causan los hierros retorcidos del fuselaje aprisionando el cuerpo, ni del quemón que provoca el cinturón de seguridad al tratar de mantener el vientre pegado a la silla.

Los dolores golpean después, cuando se recupera la conciencia y sólo se ve oscuridad y se escuchan gritos de pánico.

Al otro lado de la línea telefónica, desde Florida (EE.UU.), en Cabo Coral, Gonzalo Dussán, uno de los cuatro sobrevivientes de la tragedia aérea del 20 de diciembre de 1995, en la que fallecieron 159 personas, revela que así le ocurrió a él.

Las dolencias lo castigaron luego, como a las cuatro horas, cuando despertó con un reguero de muerte a su alrededor y al fondo escuchó a su pequeña hija, Michelle, pidiéndole agua fría con hielo.

La voz lo quebró. Le hizo darse cuenta de que no podía moverse y lo estrelló de bruces contra el miedo de no volver a verla. El rescate se dio luego de trece horas de espera. Su esposa y su niño, con los que también viajaba, no tuvieron su misma suerte.

Diez años depués del accidente, las imágenes siguen vivas en su memoria. Claro que en el último de los rincones. Allí fueron confinadas porque no es bueno verlas con frecuencia. Quizás por eso, a veces aparecen incompletas. Es como si estuvieran recubiertas de polvo.

De hecho, Dussán ni siquiera recuerda que a los seis meses, cuando debió abordar un avión para regresar de nuevo a los Estados Unidos, lo hizo sedado y con dos paramédicos al lado.

Libardo, su hermano, quien compartió la silla con él en ese vuelo, asegura que el grado de afectación fue tan grande que Gonzalo no puede dormir antes de volar.

No ha podido superar el insomnio, pese a los dos años de terapia psicológica y al cristianismo al que se convirtió luego del siniestro.

“¿Quién más sino Dios, fue el hacedor de este milagro? Yo tuve aplastamiento de una vértebra y me recuperé. Mi niña, de 6 años en ese momento, se paró de una silla de ruedas y ahora camina sin problemas”, cuenta el hombre, hoy administrador de un negocio de restauración inmobiliaria.

El siniestro de American Airlines le hizo ‘volar’ la fe. A ella le atribuye la sanación y su nueva vida. Hace seis años se casó otra vez y tuvo tres hijos más: Daniel Esteban, Juan Miguel y Gabriela María.

Ellos estudian junto a Michelle en un colegio cristiano de Florida. La pequeña que ahora tiene 16 años y está en décimo grado.

La niña a la que el accidente, además de arrebatarle media familia, se le llevó la movilidad de las piernas por cinco meses.

Su papá explica que por eso, una vez por mes, ella sigue visitando e l psicólogo. Y que por esa misma razón, casi durante cuatro años, estuvo entre las últimas de la clase. “Gracias a Dios ya volvió a los primeros lugares. Está muy recuperadita. El otro año va a poder hacer deporte otra vez. No tiene miedo de volar”.

Él es el único que sigue padeciendo ese pánico. Tiembla al compás de las turbulencias, cada que tiene que subirse a un avión. El próximo mes, por cuarta ocasión en esta década, vendrá a Colombia.

La otra cara. Mauricio Reyes es un sobreviviente distinto. En su voz no se escuchan dejos de dolor. El vuelo 965 de American Airlines le partió la vida en dos y no odia los aviones. De hecho, los necesita.

Maneja las finanzas de un banco alemán con sede en Nueva York y por su trabajo, casi todas las semanas debe abordarlos y soportar en silencio su estrepitoso zumbido. La semana pasada voló 18 horas hasta Brasil y este martes 20 de diciembre, el mismo día del fatídico accidente, viajará, en el mismo itinerario, hacia Cali.

Según Carlos Alberto, su papá, las fechas son sólo una convención. No más.

“Y así lo ve él. Se recuperó totalmente. Tuvo mucha fuerza de voluntad. Entendió que hay cosas de la vida sobre las que no tenemos control y que hay que sobreponerse a ellas. Ese es el mérito, ser sobreviviente es un acto de azar”.

En 1995 Mauricio tenía 19 años. En el percance aéreo sufrió trece fracturas: cinco de ellas en la columna y el resto en la cara, la pelvis, el esternón y el cráneo. Su recuperación, acompañada de asesoría sicológica, tardó doce meses.

Al cabo de ese tiempo regresó a Estados Unidos para terminar sus estudios de Finanzas en Miami. Luego cursó un máster en la Universidad de North Western. Trabajó por cuatro años en la compañía de inversiones J.P. Morgan Chase y hace un año está casado con una mexicana.

Según él, esos logros se los debe a la perserverancia. “Soy creyente, no soy un milagro. No hice nada para salvarme, no soy un héroe” dice desde su oficina, en un edificio del centro de Nueva York.

Todavía no piensa en hijos. Por estos días, sólo tiene cabeza para los números y para los regalos que tiene que empacar para sus papás. Del vuelo 965 no se había vuelto a acordar. “La vida me dio una segunda oportunidad y la estoy viviendo como la última”.


Menos víctimas. La imagen de las maletas violadas y revueltas por todo el sitio de la tragedia, sigue impactando a Luis Millán uno de los primeros socorristas en llegar al cerro de San José.

Recuerda que allí había señas claras de que antes de que llegara el grupo de auxilio, la zona fue visitada por saqueadores.

“Si en vez de dedicarse a robar, hubieran ayudado a las víctimas, hoy los muertos serían menos”.

Millán asegura que la mayoría de los cuerpos estaba en ‘posición de entrega’, “o sea que se cansaron de pedir ayuda, de luchar y decidieron rendirse”.

Sin embargo, los sobrevivientes no recuerdan haber escuchado pasos o haber distinguido sombras rondando entre ellos.

Otro socorrista que participó en las labores de ayuda, explica que en una situación como esa, la percepción se bloquea por momentos.

Lo único que se siente y se oye con firmeza, es el corazón tratando de salirse por la boca.

El accidente

La conclusión de la investigación del accidente señaló que la tragedia fue causada por un error humano en la programación de aterrizaje de la aeronave, que había despegado de Miami a las 5:15 p.m.

La última vez que la torre de control del aeropuerto Alfonso Bonilla de Cali obtuvo reportes del Boeing 757, fue a las 9:41 p.m., cuando se encontraba a 50 millas del aeródromo.

Se presume que a partir de ese momento empezó a desviarse de su destino. El avión se estrelló porque navegaba hacia una radioayuda diferente y cercana a Bogotá (la de Romeo) y no con dirección a la del corregimiento de Rozo, que es la correspondiente a la capital vallecaucana.

Cuando la tripulación se percató, se había separado 18 kilómetros de la ruta a seguir.

Grabaciones de la caja negra revelaron que ellos se dieron cuenta de que se habían perdido, pues se preguntaban entre sí hacia dónde iban.

Cuando sonó la alarma interna de impacto inminente, sólo tuvieron doce segundos para maniobrar y tratar de levantar la nave, pero iban descendiendo a 300 kilómetros por hora y traían extendidos los frenos aerodinámicos. Por esos errores, la Aerocivil le atribuyó la responsabilidad del accidente a la tripulación.

La tripulación

La falla humana que, según los peritos, causó el accidente, fue de una de las tripulaciones más experimentadas de American Airlines.

El capitán del avión, Nicholas Tafuri, tenía 57 años y era uno de los pilotos con mayor recorrido de la aerolínea. Sus diez mil horas de vuelo —de ellas, dos mil en el aparato siniestrado—, lo confirmaban. Estuvo vinculado a la empresa desde 1969.

El primer oficial, Don Williams, tenía 39 años y sobrepasaba las seis mil horas de rutina aeronáutica.

Junto a ellos murieron seis auxiliares de vuelo colombianos. Gilberto Restrepo, al que llamaban ‘El Paisa’, era uno de ellos. Tenía 48 años y llevaba veinte desempeñando su cargo en la empresa.

Dos meses antes del accidente había sido condecorado por ser uno de los miembros más antiguos de American Airlines.

Los demás eran: Rosa Cabrejo, de 43 años y 23 de experiencia en el aire (era la supervisora de los auxiliares). Teresa Delgado, Pedro Pablo Calle, Magdalena Borrero y Maggie Villalobos.

Los miembros de ese equipo llevaban casi 18 años trabajando juntos, por lo que lo llamaban el de ‘Los veteranos’.

A comienzos de diciembre los seis compañeros habían pedido a las directivas de American Airlines que después del 965 no les programaran más vuelos.

Ellos querían que ese fuera el último del año, antes de dedicarse a disfrutar de las fiestas de Navidad y año nuevo con sus familias.




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