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Domingo 13 de diciembre de 2009
360

'Mona' irresistible



Por Isabel Peláez y Verónica Gómez


Examinamos con lupa la historia de la Mona Lisa, la mujer que acompañó a Da Vinci hasta su muerte y enamoró al mundo.

1. La mujer de Leonardo

Nadie puede hacerle una visita íntima, pues está a 15 metros de sus visitantes, escoltada por una guardia que envidiaría cualquier político, en una urna de vidrio climatizado y a prueba de balas, pero no blindada contra los disparos de cientos de cámaras, para las que esta mujer siempre sonríe.

La Mona Lisa, La Monna Lisa, Madonna Elisa, La Joconde, La Gioconda. Lisa Gherardini, alguna vez tuvo cejas y pestañas. Fue pelirroja. Llevó el pelo ensortijado como los ángeles de Leonardo Da Vinci, o en remolinos, como los que él mismo veía formarse en el agua.

Su piel, que con los años ha adquirido una palidez amarilla y oscura, fue blanquísima, hecha de bermellón mercúrico, mezclado con plomo amarillo y blanco.

Pero lo que más atrae son su mirada y su sonrisa, por las que cayeron rendidos muchos hombres, como Francesco de Giocondo, Leonardo Da Vinci, Salai ‘El Diablillo’, el monarca francés Francisco I, Napoleón Bonaparte y los integrantes del movimiento simbolista.

Hoy en día no pertenece a un solo hombre, es de todos ellos, y aún de todas ellas, sin distingo de razas, edades ni credos, que llegan diariamente a visitarla de todas las naciones, a su casa actual, el Museo de Louvre, en París.

La suya no es una historia coherente. Ni siquiera se puede saber con certeza quién es. Así lo considera un estudioso de Da Vinci en Colombia, Leonardo Venegas.

Sin embargo, hay indicios que llevan a creer que se llamaba Lisa Gherardini, una joven de la región de Florencia, de 16 años, que iba a casarse con un mercader de textiles y seda modestamente exitoso, Francesco de Giocondo. Y que fue precisamente él -en 1503- quien encomendó a Da Vinci pintar a su futura esposa.

Así lo revela una carta escrita por Antonio de Beatis, un canónigo italiano, quien además de exaltar las obras de Da Vinci (las que vio en sus constantes visitas al pintor en el Castillo de Cloux), asegura que quien aparece en el cuadro es “Lisa Gherardini, una mujer que se había casado en Florencia hacía algunos años”.

La otra pista es que, tras la muerte de Da Vinci, al hacerse un inventario ante notario de sus obras, se descubrió detrás del cuadro un letrero que decía “Lisa Giocondo” y éste último nombre estaba tachado y antepuesto a Lisa figuraba “Mona”. Ese es otro de los grandes misterios, pues “Mona” apócope de Madonna, que significa “nuestra señora, nuestra virgen”, era un término que sólo podían usar quienes tuvieran mucha confianza con la mujer soltera.

Hasta el velo de gasa se ha prestado para polémicas. Hay estudiosos del cuadro que piensan que era influencia de la alta costura española, mientras otros aseguran que dicha prenda era habitual en las embarazadas de la época. Esa última hipótesis se cae por su propio peso, pues la costumbre era hacer retratos de quien estaba próxima a casarse, no de las casadas.

Otra creencia que aún se repica a través de Internet, con la yuxtaposición del autorretrato de Leonardo Da Vinci ya entrado en años sobre La Gioconda, es que el artista se pintó a sí mismo. “Leonardo está ahí, como no, pues puso tanto de sí en cada obra de arte, que hizo que en cada una y en ésta, en particular, dejara su alma”, afirma Venegas. No lo está como una presencia física, pues dice el experto que muchos rostros, al hacer el montaje con el cuadro, coinciden con el de la Mona Lisa. “Sólo es una coincidencia de siluetas externas que no significan nada”.

El tamaño real del cuadro es de 77 x 53 cms, y está pintado sobre un delgado soporte de álamo partido en dos tablas verticales pegadas.
Incluso La Gioconda estuvo en el diván del propio Sigmund Freud, quien hizo con ella el primer estudio de carácter retrospectivo de una persona muerta, en este caso, su autor, Da Vinci. Su diagnóstico genera aún más enigmas, pues concluye que Leonardo recordaba en este personaje de la pintura a su madre, una campesina a quien conoció sólo por unas horas, pues su padre la obligó a entregárselo siendo aún un bebé.

Pero el misterio mayor, a juicio de Leonardo Venegas, “es por qué Da Vinci tuvo a la Mona Lisa consigo por tanto tiempo, unos 15 años, retocándola constantemente, hasta el último día de su vida. Y por qué siendo un retrato secular -no religioso-, pedido por encargo, nunca lo entregó”.

A raíz de este hecho, muchas lenguas viperinas le han atribuido a Da Vinci un romance con Lisa. Algo que para Venegas no es más que un chisme, puesto que Leonardo revelaba en sus escritos una rara vocación: la vida ascética, cuyo principio es tener en paz las pasiones para favorecer la creatividad. Sumándole a eso que se trataba de una mujer comprometida.

Una joven que aún siendo prohibida despertaba un interés inusitado hasta en la monarquía. Ese fue el caso del rey Francisco I, quien deslumbrado por la genialidad de Leonardo Da Vinci lo invitó -en 1516- a vivir en su castillo de Cloux, donde el monarca terminó prendado precisamente de su amada Mona Lisa. Y le ofreció comprárselo, siempre obteniendo un “no lo he terminado” por respuesta.

Previendo las intenciones del monarca de adquirir su cuadro, tras su muerte, Da Vinci dejó en su testamento este preciado objeto al gamín que crió durante más de 30 años, y a quien apodó Salai, ‘El Diablillo’.

En efecto, al morir Da Vinci, en 1519, de apoplejía, el joven vendió la preciada obra de su mentor al monarca por 4.000 ecus -moneda francesa-. Eso explica por qué está en manos francesas, no italianas.

Hasta entonces, sólo los reyes tenían el privilegio de verla. Durante 150 años, cuatro generaciones de la monarquía la tuvieron para ellos solos. Hasta que llegó la Revolución Francesa, se expropiaron los bienes de los reyes y La Gioconda pasó a manos del pueblo, siendo exhibida en el que se convertiría en el Museo de Louvre.

Hasta que el propio Napoleón Bonaparte, recién llegado al poder abruptamente, la hizo suya a la fuerza. Pero el pueblo volvió a recuperarla. Y ya en casa, afiló su poder seductor, atrapando al movimiento de simbolistas que la nombraron ‘Símbolo del misterio femenino’, haciéndola famosa 300 años después de morir Leonardo. El que una vez dijo, como refiriéndose a Lisa: “La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte”.

2. Señales particulares

Muchas vicisitudes tuvo que pasar la Mona Lisa antes de ser la famosa dama que espera visita, todos los días, sin falta, en el Museo de Louvre. La que fue asegurada por US$100 millones en 1962 y que, si se subastara hoy en día, superaría cómodamente los US$500 millones.

Su nombre no aparece en el top diez de las obras más caras de la historia, porque, al igual que otras obras de Da Vinci, actualmente es guardada con celo.

Antes fue libre, incluso para meterse en el cuarto de baño de Napoleón Bonaparte, a quien solía ver desnudo en la tina, desde la que le salpicaban gruesas gotas de agua. De esos tiempos le quedaron a la Mona Lisa dos cicatrices, una cerca al ojo izquierdo y otra en el mentón. Aún así, la humedad afectó poco el pigmento.

Otra cicatriz es su mayor secreto, pues no está a la luz de los visitantes del Louvre. Se trata de una pequeña herida vertical en la parte de atrás del cuadro, que al parecer resultó de una caída de hace dos siglos, siendo restaurada después con un sellamiento horizontal, sin afectar su rostro.

Y a pesar de que el secuestro no era propio de su época, también fue raptada. El 21 de agosto de 1911 desapareció del Louvre. La Policía buscó a la Mona Lisa por todas partes. Se sospechó de todos, incluso de los cubistas, se interrogó a Picasso y al poeta Apollinaire.

A los dos años la encontraron. Se supo que un tal Vincenzo Peruggia, ex carpintero del Louvre, la había sacado en su delantal de trabajo. Según este italiano, su intención era noble: Retornar a La Gioconda a su patria: Italia.

Convencido de que gran parte de las pinturas italianas de la colección francesa había sido tomada por Napoleón, decidió devolverle a su país la que consideraba la más hermosa. Pero el cuadro tenía papeles legítimos de Francia, al haberlo comprado Francisco I.

Peruggia no estaba más que haciéndole un mandado a Eduardo de Valfierno, un argentino que contrató a un falsificador para que le hiciera seis copias de la obra, por las que obtuvieron una suma que hoy en día equivaldría a US$67 millones.

La original permaneció escondida en el falso fondo de un baúl, sonriendo, hasta que en 1913, en un arrebato de ingenuidad Peruggia trató de venderla a Alfredo Geri y las autoridades lo atraparon con las manos en la ‘Mona’.

A su regreso fue tratada con honores de jefe de Estado. Su rostro había ocupado ya las primeras planas de todos los periódicos del planeta. Y si alguien no sabía de ella, ya no quedaba nadie que no la hubiera visto. Por eso, quizás, cuando salió de gira a Estados Unidos y a Japón, multitudes hicieron fila para verla.

Lo que hasta hace poco se vino a saber fue que el ladrón italiano dejó en ella una diminuta mancha de pintura naranja.

El 30 de diciembre de 1956 sufrió un nuevo atentado. Ugo Ungaza Villegas, un joven boliviano le mandó una pedrada, averiando una parte del codo izquierdo, que tuvo que ser reparado. Desde entonces la señora no se expone al ojo público sin llevar encima un vidrio antibalas.

Ese mismo año, un hombre –al parecer aquejado por el síndrome de Stendhal o ‘Sobredosis de belleza’ (síndromecausado por una dosis excesiva de un arte hermoso) intentó verter, sin tino, ácido sulfúrico sobre el lienzo, dañando ligeramente el borde inferior.

Son muchos los que se desahogan con la Mona Lisa, por considerarla un símbolo de lo trillado, que hasta pastelazos ha recibido. En 1974, una mujer en silla de ruedas, molesta por la escasez de rampas que había en el Museo Nacional de Tokio -donde el cuadro estaba de visita– le roció una lata de laca roja, por fortuna la Mona Lisa ya tenía su ‘chaleco antibalas’.

El más reciente atentado se dio el 2 de agosto de este año, cuando una turista rusa le lanzó una taza de café al no obtener la nacionalidad francesa.

Dicen que ni de los nazis se salvó. Según un informe del Departamento Británico de Acciones Especial, tuvo que ser rescatada por Albrecht Gaiswinkler de las manos de Hitler. El Louvre no ha negado ni ha admitido esta versión.

En la lente del ingeniero francés Pascal Cotte

  • Una vez tuvo delicadas cejas y pestañas. Éstas, cree Pascal Cotte, pudieron desaparecer al limpiar de forma errónea el barniz. Con la cámara digital -240 millones de píxeles- diseñada por él, y dotada de 24 filtros, se vislumbra un pelo de ceja.

  • Dicen que su sonrisa se esfuma cuando se le mira directo. Pascal apreció reducción de grietas en los labios, señal de una restauración. El biógrafo Giorgio Vasari decía que Da Vinci usó bufones cuando la pintó, para rehuir la melancolía.

  • Aunque investigadores de la Universidad de Yale (EE.UU.) sugieren que la dama sonríe porque estaba embarazada, dada la hinchazón de las manos y la posición de éstas, para Pascal ella sólo sujeta el manto que pasa sobre su muñeca doblada.

  • La figura reposa sobre un cielo pintado de lapislázuli y plomo blanco. Las montañas son azules, como escribió Da Vinci en su Tratado de Pintura: “Todo lo que viene a través de la atmósfera es azul, por eso debe verse azul en la distancia”.

    3. El ícono

    Pesaba 63 kilos y medía 1,68 metros. Eso sólo se supo hasta el 26 de septiembre de 2006, cuando, en medio de un Consejo de Investigaciones de Canadá, se revelaron los resultados de un estudio realizado a La Gioconda, luego de someterla a un escáner de infrarrojos en tres dimensiones.

    500 años después se sabe, además, que Lisa Gherardine padecía bruxismo, alopecia y principios de la enfermedad de Parkinson.

    Y no sólo eso. Se conoce además cómo suena la voz de La Gioconda. Un hallazgo del doctor Matsumi Suzuki, investigador japonés, que en su afán por reconstruir el cráneo de la musa de Da Vinci, generó, mediante el cálculo, un registro, según él, 90% fidedigno de su voz.

    Su enigmática sonrisa también fue objeto de estudios. Margaret Livingstone, experta en percepción visual, reveló en el Congreso Europeo de la especialidad, celebrado en La Coruña, que la sonrisa es “una ilusión que aparece y desaparece debido a la peculiar manera en que el ojo humano procesa las imágenes”.

    A través de un software especializado en la “medición de emociones”, que trabaja sobre la base de rasgos como la curvatura de los labios y las arrugas producidas alrededor de los ojos se descubrió que la Mona Lisa no es como la pintan: está 83% feliz, 9% disgustada, 6% temerosa y 2% enfadada.

    Para Leonardo Venegas, los misterios que se generan alrededor del gesto de La Gioconda no son más que el estilo característico de las pinturas de Da Vinci, quien acostumbraba a plasmar expresiones en tránsito. “El de Lisa no es un gesto definido, pues eso hubiera resultado vulgar para Leonardo, en el sentido de que no es sutil y ni poético, recordemos que todo lo poético es ambiguo”.

    Sin importar el número de enigmas que se tejen alrededor de su rostro, la Mona Lisa ha interesado a todo tipo de público, incluso a pintores de todos los tiempos. Salvador Dalí le puso bigotes. El colombiano Fernando Botero la pintó gorda. Andy Warhol hizo en los años 60 su versión pop, reproduciéndola a su estilo en una serie de 16 fotografías.

    Marcel Duchamp diseñó una parodia de la Mona Lisa que incluía bigote, perilla y una inscripción morbosa.

    Jim Henson montó sobre el rostro de Lisa la cara de Piggy, la cerdita de Plaza Sésamo y la revista The New Yorker hizo su propia versión con Mónica Lewinsky.

    Dicen que hasta el propio Da Vinci hizo una reproducción llamada ‘Isleworth Mona Lisa’, propiedad de Hugh Blake, quien la exhibe privadamente en Londres, aunque su autenticidad es cuestionada.

    También hay una reproducción libre de Rafael en el Louvre. Una copia anónima de La Gioconda se conserva en el Parlamento Italiano y otra en la colección Luchner, en Innsbruck, de la que se supone, podría ser obra de Salai, el muchacho que crió Da Vinci.

    Burlada, admirada y aún vilipendiada, la Mona Lisa es la más requerida del Museo de Louvre, más que sus ilustres vecinos, como La Venus del Milo, que se han resignado a que los más de ocho millones de personas que acuden cada año sucumban ante los encantos de esta inquietante señora.

    En pocas palabras

  • La conocí en 1984, en el Museo de Louvre, donde la gente queda hipnotizada al verla. Yo mismo me conmoví porque aún después de tanto tiempo, esta obra conserva su figura”.

    Ómar Rayo, pintor y escultor.

  • !Tuvo el destino lógico de la fama: el prestigio de una obra lleva a su vulgarización, sufre una desacralización, a manos del comercio y los medios se convierte en arte kitsch”.

    Miguel González, crítico de arte.

  • "No me hubiera gustado cenar ni con La Mona Lisa ni con La Venus de Milo. La Venus es demasiado musculosa y la Mona Lisa pudo haber sido un travesti”.

    Umberto Eco, escritor. Lo dijo al presentar su libro Historia de la Belleza.

  • Ni siquiera la cámara de 240 millones de pixeles de Pascal Cote puede quitarle a La Gioconda el barniz de la fama, que nos inhibe a todos los demás que la miramos y admiramos”.

    Leonardo Venegas, vocero cultural.




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