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Domingo 16 de agosto de 2009
Informe Exclusivo

Extracción ilegal causa una "mina" de problemas al Valle



Por Jorge Enrique rojas, reportero de El País*

Entre el oro y la oscuridad. Las prácticas indebidas de minería no sólo causan muertes sino un grave daño al ecosistema que, generalmente, es irreparable.
Foto: Ernesto Guzmán Jr / El País
El 80% de la actividad que hay en este departamento y el Cauca es ilícita. Detectadas 84 nuevas minas. Alcaldes, bajo la lupa. Dramas en el fango.

Lo encontraron al otro día. Apareció sepultado en el estómago de aquella mina de la vereda Marabeles donde llevaba tanto tiempo persiguiendo esa maldita veta de oro que él juraba estaba ahí. Nadie pudo impedir que entrara al socavón ese viernes. A nadie se le ocurrió decirle que no se hundiera más en la tierra; al fin y al cabo Gilmar Carabalí había crecido allá, abajo, buscando la manera de sobrevivir a la vida que heredó acá arriba.

Así que no, nadie pensó en detenerlo porque mal que bien el negro ya había llegado a los 47 años y logrado levantar a ocho muchachitos arañando esa misma montaña. Entonces, claro, después de la hazaña, a un minero de esos nadie se le cruza en el camino.

Pero alguien debió hacerlo. Cualquiera pudo advertirle que la peña no aguantaría más puñaladas. No era difícil intuirlo teniendo en cuenta que sus entrañas, perforadas una y otra vez por cientos de hombres que las castigaban al mismo tiempo con sus picas, en algún momento cederían.

Difícil saber qué fue lo que ocurrió en ese túnel: quién sabe si el derrumbe dio tiempo de que Gilmar gritara o se encomendara a algún santo; si alcanzó a correr o si el vómito de rocas lo aplastó de inmediato. Eso quedará enterrado para siempre. Lo que sí se sabe es que la piedra, durante tantos meses rígida y contraída para escupir el oro, ese día se le vino encima como si tan sólo fuera lluvia. El minero quedó tan ahogado por el balastro, que sus compañeros tardaron más de doce horas en hallarlo. Su sepelio fue el pasado jueves. Vaya paradoja: el hombre sigue estando bajo tierra.

Leyendas, guacas, topos

En Suárez, Cauca, la historia no es fácil de contar para el inspector de Policía John Edward González. Recostado sobre un escritorio, a la autoridad judicial del municipio más minero de ese departamento no le resulta sencillo hablar del tema por dos cosas: es pariente del difunto y, aunque no lo admite, sabe que de alguna forma su muerte pudo evitarse.

En los últimos cuatro años tragedias como esas se han repetido al menos 50 veces. Sólo en octubre del 2007, 21 mineros que hacían explotación ilegal en el corregimiento de Asnazú perdieron la vida. Una de las víctimas era un niño de 15 años.

En esa época la noticia fue publicada en noticieros y periódicos con tono de alarma. Hubo una jornada de ayuda para las familias de los muertos y varios políticos se pronunciaron. Dijeron, entonces, que la situación sería revisada y que se pondrían en marcha proyectos para ofrecer otras alternativas a los habitantes de esa zona del Cauca.

La gente, crédula y confiada en esas promesas, dejó de protestar como lo hizo en el entierro colectivo cuando, entre sollozos, gritó que la culpa de esa tragedia no la tenían ni el Alcalde ni tampoco ellos, sino el hambre y el abandono estatal. De eso ya han pasado 665 días. Y pocas cosas han cambiado:

O bueno, sí: en las calles ahora se rumora que bajo el parque hay una guaca. La leyenda, esparcida como polvo, empujó a muchos a las orillas del Cauca, donde iniciaron la perforación de primitivos túneles con los que quisieron llegar hasta el corazón del pueblo. Las excavaciones, hechas a punta de pala en los alrededores de la galería, se extendieron por 400 metros e, incluso, se asegura que pasan por debajo de la casa del Alcalde.

Cuando se adjudique la licitación, el censo minero se iniciará en Cundinamarca, Boyacá, Cauca, Norte de Santander, Huila, Tolima, Bolívar y Antioquia. En el año 2010 se continuará en los demás departamentos. En algunos páramos se ha detectado actividad minera, en busca del carbón. Allí, el daño va directamente sobre los nacimientos de agua. En los humedales, la afectación es sobre la fauna.
Dóber Lucumí, director de la Umata, se asomó un día y dice que los huecos eran tan grandes que, si hubieran querido, “los mineros habrían podido jugar un partido de fútbol allá abajo”.

La semana pasada la Administración ordenó el desalojo de esas madrigueras, al igual que de otras dos zonas de explotación ilegal en las que intervenían cerca de 350 personas. El Alcalde al fin pudo conciliar el sueño.

Sí, después de las promesas cambiaron algunas cosas: según cálculos extraoficiales hoy en día el 60% de los habitantes del municipio se dedica a la minería ilegal, contrario a dos años atrás cuando no era más del 40%. Eso quiere decir que en Suárez, todos los días, hay un ejército de gente similar al que se necesitaría para llenar una de las tribunas del estadio Pascual Guerrero, dedicado a cavar fosas en las montañas o en las orillas de los ríos o en cercanías de la represa de Salvajina, en vista de que por ahí, en todo este tiempo, no brotó otra alternativa de trabajo.

Sí, claro, cambiaron cosas; fueron cerradas las minas de San Miguel y se conoció otra leyenda: un sacerdote estafado en un negocio con mineros locales, habría conjurado un maleficio para que el oro fuera la perdición de la zona. No es por asustar, pero la minería ilegal también se ha extendido al Valle del Cauca como una peste incurable.

Alcaldes, bajo la lupa de Ingeominas

Aunque no existe un censo que determine el porcentaje de minería ilegal en el país, Mario Ballesteros, director nacional de Ingeominas, afirma que en el Valle y el Cauca el 80% de las explotaciones existentes tiene esa condición. Justo ahora, a través de un trabajo conjunto con la Gobernación, el Distrito Minero Cali-El Dovio y la CVC, se busca determinar el real impacto de la actividad en la región. Los resultados se conocerán a fin de año.

Sin embargo, Ballesteros le reveló a El País que ya fueron notificadas 17 Alcaldías del Valle sobre la existencia de 84 minas ilegales, “lo cual indica que el 40% de los municipios tienen nuevos problemas en su jurisdicción”.

La confidencia del director de Ingeominas, coincidiría con un cálculo del diputado Mario Germán Fernández de Soto, según el cual, cada año, el Departamento dejaría de recibir $5.000 millones en regalías por la minería ilícita que se realiza aquí y allá.

Porque en el Valle no sólo se explota oro y carbón. La riqueza de su suelo, que esconde otros nueve minerales (entre los que se encuentra manganeso y bauxita), se ha convertido en su cruz y, cada vez, son más los oportunistas que pretenden perforarlo en busca de la suerte (ver mapa).

De acuerdo con Ingeominas, hay explotación ilícitas de oro en Ginebra, Buga, Guacarí y Buenaventura. De carbón en Cali, Jamundí, Yumbo, y Timba (Cauca). Y de materiales de construcción en Buga, Palmira y Cali. Y aunque esas administraciones han sido notificadas para que ejecuten los respectivos cierres, pocas acciones se han adelantado por lo cual hay varios alcaldes que podrían ser sancionados.

Uno de los pocos cierres efectuados se llevó a cabo hace un año, cuando la CVC prohibió la extracción de grava y arena en el río Barragán, en jurisdicción del municipio de Caicedonia. La entidad ambiental argumentó “motivos de orden geológico”, pues de acuerdo con un estudio técnico se demostró que el río cambió de curso.

En el centro del Valle también ha habido logros. Diego Fernando Rivera, funcionario de la Dirección Ambiental Regional Centro-Sur, dice que en el último tiempo se pudo desalojar a las 300 personas que históricamente hacían extracción de oro en las cuencas de los ríos Guadalajara y Guabas, en Buga y Ginebra respectivamente.

En el norte del departamento, según Carlos Montoya, director de la CVC de la zona, la explotación de las colinas, siempre afectadas por los fabricantes ilegales de ladrillos y tejas, disminuyó en un 70%, gracias a que en sectores se edificaron planes habitacionales.

Sin embargo, esos no serían más que paños de agua tibia. De acuerdo con el ambientalista Fernando Duque, los daños causados en esos sectores pueden ser irreparables. “En Ginebra y Buga la extracción de oro se hacía con mercurio; el río Barragán, al cambiar de curso, tendrá de ahora en adelante una dinámica imprevista. ¿Cómo se puede reparar eso?”.

Gabriel París, geológo de la Universidad Nacional, además de coincidir en que hay daños que no tienen cómo repararse, advierte de otros que pueden seguir agudizándose, como en La Bandera, al sur de Cali, donde la extracción ilegal de carbón sigue carcomiendo ese cerro de roca sedimentaria blanda, donde el desmoronamiento, por la actividad allí desarrollada, puede ser más inminente de lo sospechado.

Ese mundo olvidado

Desde la vereda La Pila, un caserío que ni siquiera aparece en los mapas pero que la gente ubica entre Suárez y Buenos Aires, al norte del Cauca, las minas artesanales de extracción de oro pueden verse aquí y allá, en medio de caminos tan inhumanos que no son aptos para las bestias. Están junto al río Cauca, en el Cerro Catalina, en las orillas del río Teta, en Loma Alta y La Toma.

Lilia Antero fue campesina y ahora es minera. No pudo ser más. Metida hasta la cintura en el río, resopla una razón que parece universal para explicar la proliferación de socavones: “Nadie que abra un hueco y se entierre para buscar una chispa lo hace por gusto. Si hay fiebre de oro, es porque el hambre es una plaga que se regó por todas partes y uno la cura o se queda en el intento”.

Pocas escenas tan temerarias como la de alguien decidido a triunfar o morir. Tal vez por eso la cara de luna de esa negra, con sus pómulos muy lejanos y la barbilla y frente casi fundidas con las mejillas, se vea tan recia mientras va por ahí, dando pasos en falso en medio del fango; mientras se sumerge y sale a flote cargando un niño en la barriga como si el andar de esos dos fuera una metáfora exacta de la vida que otros llevan por ahí: un milagro.

Las minas son como un trozo de mundo olvidado, habitado por seres condenados a desaparecer. Aferrados a ese barro como lo único que les queda para sostenerse en este lado de la tierra; orilla injusta por demás, donde tantos son miserables a pesar de vivir sobre la riqueza de un suelo que, finalmente, no les pertenece.

* Con la colaboración de los corresponsales de Tuluá y Cartago.




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