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Domingo 25 de octubre de 2009

Cali

24 horas entre la vida y la muerte



Por Alejandro Aguirre

Emergencia. Este obrero de construcción cayó de un tercer piso y llegó moribundo al hospital Carlos Holmes Trujillo, en el oriente de Cali. Tras ser chequeado, los médicos le diagnosticaron una posible invalidez. El centro asistencial atiende más de cuatro mil personas al día.
Fotos: Ernesto Guzmán Jr. / El País
Una menor violada, un joven epiléptico, dos hombres más baleados... Historias detrás de las emergencias en el Hospital Carlos Holmes.

Hora: 2:20 a.m. Lindayi Betancourt llegó casi muerta por un botellazo de cerveza en su pecho. Entró al hospital moribunda cargada en brazos por su ex novio Danny Torres, quien le gritaba que se salvaría. Los vidrios incrustados de la botella se confundían en la piel oscura y la sangre de la mujer.

Danny le dijo al médico que le dio respiración boca a boca en el taxi porque Lindayi se desmayó de repente. A ella, llorosa, con el pelo revuelto, la acostaron en una camilla sin sábana y con aguja e hilo sellaron su pecho con diez puntos insufribles. Dos auxiliares y el médico hicieron el trabajo.

Al ser interrogado por el policía Danny comentó que todo se inició por un malentendido entre el novio de Lindayi y otro muchacho. Malentendido que terminó en un botellazo y una persecución salvaje por los barrios azarosos del Oriente caleño.

A un lado de la camilla en la que yacía Lindayi, estaba un viejo sin nombre, esquelético, que tenía los ojos abiertos de los muertos y el olor dulzón de la tierra y de la sangre. Una auxiliar pedía que alguien se encargara del abuelo porque su familia se rehusaba a recibirlo. “Llamamos y nos cuelgan el teléfono”, comentó la auxiliar.

Allí, en ese barullo, también se reanimaba Ana Graciela que bebía líquido para detener una diarrea de ocho días seguidos que le produjo la ingestión de un perro caliente con gaseosa a sus 87 años. Pero la anciana fijaba sus ojos en una camilla donde se hallaba un obrero de construcción que cayó de un tercer piso. Diagnóstico: médula espinal averiada y posible invalidez.

“Nada de eso es perturbador –dice el celador - frente a lo que pasó a las 10:45 de la noche. Trajeron dos hombres muertos. Una turba de gente quiso entrar. Trataron de meterse por el parqueadero de atrás del hospital y al no poder, dispararon enfurecidos. La familia quería verlos, pero la policía vino rápido por los muertos”.

Trabajo azaroso

Hora: 8:35 p.m. La sala de urgencias del Carlos Holmes Trujillo vive el hervidero de una multitud que es atendida por tres médicos, seis auxiliares, dos celadores y un policía armado. Aguardan con nerviosismo porque hace dos días fue quincena. Es una temida jornada de viernes por la noche.

“Hoy puede pasar de todo: muertos, heridos, balazos, pero nada bueno”, dice, con revólver al cinto, el celador, el mismo que desde hace seis meses pidió traslado por la tensión que genera este hospital. “Trabaja uno azarado”, dice.

A esta hora, se han entregado varias decenas de medicamentos como plasil, milagroso para detener el vómito de un niño mal comido; diclofenaco, para reducir inflamaciones de golpes; dipironas, para esos dolores agudos que producen los balazos y soluciones inyectables para estabilizar a pacientes moribundos.

Todo tiene que ser rápido, son diez minutos de consulta, máximo, porque son asuntos que no dan espera. Emergencias. “Pero los médicos pasantes (en práctica) se exceden de ese tiempo y todo se acumula. Aquí hay que darle rápido”, corrobora una enfermera jefe, quien anota que cada mes llegan al lugar por lo menos 10 médicos nuevos.

El hospital tiene doce plazas rurales, es decir, una docena de puestos para que lleguen practicantes. No es un centro cualquiera: hay más de 4.000 atenciones diarias, y cada vez con cuadros clínicos peores e insostenibles.

Hjordan Moreno, el médico de este viernes, lleva año y medio en urgencias satisfecho con lo que hace: “Se trabaja, pero se aprende”. Una auxiliar, con tapabocas permanente, confiesa que odia pasar doce horas en un lugar donde no sabe si saldrá viva o muerta. Exagera, dice luego el médico, pero la entiende: “Para esto hay que tener sangre...”.

“¡Auxilio, es epiléptico!”

Hora: 4:10 p.m. Nada se detiene. Daniela, de 1 año, llegó con el brazo roto, sostenido con pedazos de cartón y esparadrapo, pero sonríe sin dolor. Se cayó a un hueco. Su madre reza para que no sea nada grave. No lo es.

Tras eso, las urgencias inmediatas, las tensiones se vuelven solitarias y los médicos pasan las horas sin tomarse un vaso de agua ni probar bocado. ¿Cómo comer si acaban de escuchar la suerte de una menor de 16 años que salía por primera vez de fiesta y alguien la drogó para violarla? La joven tuvo suerte.

En los pocos momentos de calma son las aseadoras las que distraen y alteran el silencio de un hospital frío en el que el aire acondicionado se mezcla con el olor del alcohol y la sangre.

“Sin duda es un hospital difícil, pero cómo no venir a ayudar a muchas personas que lo necesitan. Somos conscientes del profesionalismo y por eso actuamos por el compromiso”. Auxiliar de enfermería.
La calma se esfuma cuando Sebastián, un muchacho de 18 años, de 1,80 metros y bigote incipiente, llega con dos puñaladas, en la espalda y en la cadera, que se ganó por tratar de evitar que le robaran una gorra y una cadena. “No me dejé quitar los tenis”, comenta valiente mientras su hermano mayor le pide que no hable.

No lo han curado cuando llega en brazos, casi sin conciencia, Antonio, de 25 años, epiléptico, según la madre, con convulsiones recurrentes. “Tiene un gusano en la cabeza”, sostiene. Lo acuestan, lo estabilizan, lo duermen.

Disparos de la ‘Pirulita’

Hora: 4:40 a.m. Un par de amigos, acompañados de una mujer, llegan en una patrulla de la policía. Uno de ellos, de pantalones cortos y cabeza rapada, tiene una herida de bala en un glúteo, pero es pequeña, producto del roce del tiro. Grita desesperadamente.

El otro, de largas patillas, tiene una herida de bala entre la mano y el brazo, cerca del reloj, que es sellada por seis puntos, y muchos quejidos. El médico Alberto Gómez, de blusón verde, le pide que se calme. Le grita, incluso.

“Esa ‘Pirulita’ casi los mata”, dice el policía. Estaban bebiendo afuera de sus casas, en el barrio Mojica. “Era esa gordita, lo juro, esa ‘Pirulita’ fue la que nos disparó”, dice uno de los heridos. Los agentes sólo ríen; la conocen.

Acaban las fiestas en las discotecas de Cali. “Se han reportado una decena de colisiones entre automóviles y varias motos han sido robadas”, dice el policía del hospital entre la zozobra.

Los baleados por la ‘Pirulita’ quieren irse para sus casas. Las auxiliares les piden que esperen, las heridas pueden abrirse. No les importa; se retiran como quien huye del miedo. Pagan su cuenta en la caja. Se ven indefensos y se alejan. Los médicos siguen al acecho...

Sebastián no abre los ojos

Hora: 9:20 a.m. Juan Sebastián, un bebé con neumonía, no se percata de nada. Lleva doce horas dopado, atado al oxígeno, tembloroso. La madre, Angie, de escasos 17 años, dice que no sabía que su hijo podría morir y pide que hagan lo imposible por salvarlo. “El padre no se ha enterado, pero si lo sabe tampoco vendría; jamás le ha interesado”, se lamenta la joven, quien luego susurra que no le ha visto los ojos a su hijo en horas. “Es triste, ¿no?”.

A su lado, una mujer que se resistía a hablar, dice que soñaba con un hijo, pero tuvo un aborto intempestivo y perdió a su bebé de un mes de gestación. “Es doloroso”, dice la mujer de tez negra, con lágrimas en los ojos y abrazada a una almohada. “Quisiera que alguien me explicara por qué pasó esto”, dice.

Cambio de turno. El personal médico se ve agobiado, aturdido, silencioso, casi herido por el cansancio.

“Uno aquí tiene que convivir con el dolor, pero también con el maltrato y los insultos”, reflexiona una auxiliar. Muchos pacientes, explica, llegan insultando, intimidando con armas, exigiendo que se salve a alguien que ya está muerto. “Sí, llegan con los ojos abiertos, están muertos, cómo vamos a resucitarlos. Aquí no se hacen milagros”, sentencia.

¿Dónde queda?

El hospital Carlos Holmes Trujillo se ubica en el barrio El Poblado, en el corazón del Distrito de Aguablanca de la comuna 13.

Es un centro asistencial de nivel 1 y 2 que presta el servicio de urgencias a la población más vulnerable.

Pacientes con intervenciones quirúrgicas son remitidos al Hospital Universitario o a centros de nivel 3.

Cifras

  • 1 millón 52 mil personas se atendieron en el primer semestre de 2009.

  • 107 mil personas fueron atendidas por urgencias en el primer semestre de 2009.

  • 141 mil personas fueron atendidas por urgencias en 2008.

  • 537 mil consultas se registraron en 2008.

  • 1.375 niños y niñas nacieron en el primer semestre de 2009.

  • 1.462 pacientes fueron hospitalizados en 2008.



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