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Miércoles 23 de Julio de 2014

Testimonio
‘El diablo’ reina en El Calvario

Por José Alejandro Castaño, editor Unidad Investigativa de El País

Muchos de los drogadictos trabajan como recicladores. Algunos comerciantes los explotan y les pagan con droga.
José Alejandro Castaño | El País
Dos moscas le merodean la boca, atraídas por la saliva que se asoma en las comisuras agrietadas. Hace un rato amaneció y el sol se yergue sobre este trozo fétido del centro de Cali. El calor levanta el hedor de los desechos pero los drogadictos siguen tumbados en la calle.

La gente llama a este lugar ‘La Olla’, un recoveco de caserones viejos en el barrio El Calvario, entre las carreras 15 y 10, y las calles 12 y 20. Las moscas agitan las alas. Son robustas, de abdomen verde. A veces, las patas de los insectos le hacen cosquillas y la pequeña manotea.

Es menuda, de brazos y piernas flacas. No tiene nombre, le dicen ‘Chiqui’. Tal vez tenga diez años, quizás menos. Hace unas horas la vi masturbando a un hombre que, a cambio, le ofreció un basuco, el residuo más tóxico de la elaboración de la pasta de cocaína.

En la esquina, sobre la misma calle, queda la estación Fray Damián, un búnker de la Policía Metropolitana, sede de varios de los grupos de agentes mejor entrenados del país. Los dueños de ‘La Olla’, que son los vendedores de droga, no parecen preocupados. Nadie sabe cuánto dinero consiguen en un día, pero está claro que son fortunas y que unos y otros, mercaderes y drogadictos, transan su negocio a ojos de todos.

Allí mismo, en las aceras, algunos ofrecen cadenas, anillos, radios, muebles, gafas, bolsos, zapatos, ropa, electrodomésticos, partes de carros. Todo robado en las calles. “Es la ley de la jungla”, dice Ricardo Betancur, un drogadicto de 35 años, ingeniero agrónomo de la Universidad de Caldas que conoce cada recoveco de El Calvario.

Él hace parte del ejército de hombres, mujeres, niños, ancianos que viven casi sólo para consumir alguna de las variedades de alucinógenos que se ofrecen en las esquinas: marihuana, pegante industrial, heroína, pepas, éxtasis, cocaína, perico y basuco, que es la droga más popular. La llaman ‘diablo’, y dicen que muy pocos, después de probarla, logran vencer su poder.

En la calle 18, pleno corazón de ‘La Olla’, se ven cruzar a jóvenes y niños que apenas pueden sostenerse. Las manos y las piernas les tiemblan tanto que algunos sólo pueden arrastrarse. Son chicos con el cerebro carcomido por culpa del basuco y el sacol. Como ya no pueden robar sacan provecho pidiendo limosna. ‘Tembleque’ tiene 20 años y un gorro de navidad. No lleva camisa ni zapatos. Algunos niños drogadictos se aprovechan y le roban el frasco del que aspira sacol. Él maldice, los insulta, llora, nadie le presta atención. Los reyes de la calle son los drogos que aun conservan fuerzas para correr.

dientes y huesos molidos.

Holger Rosero tiene 53 años. Los cumplió hace dos noches. Cuando tenía familia celebraba con torta y velas y helado. Hace unos días intentó vender una de sus muelas a los estudiantes de odontología de la Universidad del Valle, pero le dijeron que no porque la pieza aún podía salvarse.

Los estudiantes, cuenta el viejo, pagan cada diente cariado a cinco mil pesos, y los llevan a sus clases para extraérselos. De esa manera los alumnos logran acreditar la experiencia sin la cual no podrían obtener su diploma. El dolor es lo de menos, dice Holger, porque esa plata es oro para cualquier drogadicto, y se ríe.

Luis Salcedo ya vendió siete dientes. Ahora está esperando que las últimas dos muelas que le quedan terminen de podrirse. Esa es la condición de los alumnos de odontología: sólo compran muelas que puedan extraer. En El Calvario cada quien se las arregla como puede.

EL DATO CLAVE
El Municipio adelanta un plan de intervención urbano en diez cuadras del sector. Según la Alcaldía, se trata de un primer paso por erradicar el fenómeno de explotación y miseria.
Manuel Torres se prostituye. Sus dientes casi intactos atraen tipos con plata. “Toca hacer de todo”, admite. No es el único. Una mujer, en la esquina de la Carrera 15, asegura que su esposo presta a uno de sus hijos para que se lo lleven sujetos en carro.

Lo dice sin malicia, poniendo a la orden el servicio. La única condición es que paguen por adelantado. Como medida de protección, el padre anota en un papel las placas de los carros en que se llevan al pequeño, de esa manera se asegura que lo traerán de regreso.

A medio día, cuando el sol se eleva sobre el calvario, las fachadas lanzan sombras y los perros duermen bajo las salientes de los techos. Es la hora de más movimiento. El Calvario es un territorio diurno. En los caserones, improvisados como dormitorios de hasta cien habitaciones, sólo permanecen los drogadictos que tienen una provisión de yerba o polvo suficiente para no salir. El resto, robando o reciclando basura, está buscando dinero.

El reciclaje es otro de los negocios de la zona. En algunos sitios, los dueños de las bodegas de papel y chatarra pagan la mercancía con droga, de esa manera ganan doble. Nadie discute. Cada quien, después de entregar el vidrio, el cartón, el alambre o el metal, recibe la paga en cigarros de basuco.

El efecto del polvo es fulminante y tras consumirlo, casi todos vuelven a la calle a buscar entre la basura algo para vender. Entonces regresan, horas después, con un nuevo cargamento de reciclaje. Quienes los explotan pagan sin preguntar. Se sabe de drogadictos que, agotados por el esfuerzo y el basuco, mueren de cansancio.

Ricardo Betancur cuenta que los jíbaros, para hacer rendir las dosis, le echan polvo de ladrillo, talco para pies y hueso de muerto molido, un ingrediente que algunos creen mágico porque mejora la contextura de la droga y aumenta su poder narcótico.

Algunos drogos se rebuscan sus propias dosis moliendo huesos que se roban de los cementerios y que después venden a los jíbaros. En El Calvario se ofrecen veinte marcas de basuco: Arañas, Morados, Gavilán, Estancos, Azules, Pirañas, Mickey, Soles, Alamedas... los drogadictos juran que las mejores raciones son las que llevan hueso de muerto pulverizado.

A las 5:00 p.m. el sol aún se niega a esconderse y sus dedos continúan extendidos. Los inquilinatos comienzan a llenarse. Cada cuarto, de apenas un metro por un metro, vale dos mil pesos la noche. Uno de los hombres más ricos del barrio se llama Fortunato. Es dueño de dos edificios y doce casas, todas convertidas en residencias de paso.

Su filosofía es simple: no toma, no malgasta en mujeres, no tiene vicios y ahorra cada centavo que gana. Si su madre volviera a nacer, dice, tendría que trabajar y quebrarse el lomo como cualquier de sus doce hijos.

Tiene 72 años, es de piel morena, está casi calvo, lleva bigote y las manos están manchadas de vitiligo. La gente le teme y nadie, ni los drogadictos más apurados, se atreven a robarle. Permanece afuera de una de sus propiedades, sentado sobre una silla de brazos rotos.

Nada parece perturbarlo, ni siquiera el alboroto que se arma en la esquina mientras apuñalan a un hombre. Al final de la cuadra cruza una patrulla. Los policías son parte del paisaje.

La ‘Chiqui’, la niña que dormía en la acera con moscas sobre la boca, recorre la calle de arriba a bajo. Espera que alguien compre sus servicios. La sed del basuco le quema las entrañas.

Los drogos llaman a esa sensación “la agonía del diablo” y juran que son capaces de cualquier cosa para calmarla. La ‘Chiqui’ va y viene. Ya casi es de noche. En la acera, dos perros se aparean. Algunos drogos les gritan y celebran el forcejeo de los animales como si vieran un partido de fútbol.

Lea mañana: los Samaritanos y la risa de los que no pierden la fe.

En sus propias palabras

“La policía hace todos los esfuerzos que están a su alcance para lograr erradicar la delincuencia.

¿Por qué un periodista va a El Calvario y se camufla y ve lo que nosotros no vemos? Eso es como cuando la prensa va y dice dónde están los jefes guerrilleros y luego la gente pregunta que por qué no los capturamos. Hay situaciones que se escapan del control de uno. La institución hace lo máximo, pero si usted va y se camufla en

cualquier parte puede encontrar situaciones que, de otra forma, no se verían. La prensa tiene ventajeas que nosotros no”. Coronel, José Roberto León, comandante Policía Metropolitana.




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