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Jueves 24 de Julio de 2014

Cali
Cottolengo, una píldora de vida para los abuelos caleños

Por Andrea del Pilar Barrero, especial para El País.

Iniciativa. Dentro de las campañas que realiza la Fundación se encuentra ‘Adopte un abuelo’, donde la persona puede donar en efectivo o por medio de tarjeta débito un valor para la atención del adulto mayor.
Foto: Hernán Tovar I El País
La Fundación cumple 50 años de existencia y se resiste a morir. Historias de vida.

Caminan arrastrando los años que el tiempo parece haber convertido en sabios recuerdos. Sus experiencias de vida relucen en medio de una monotonía aparente que los llena de costumbre y tranquilidad.

Cada corredor, cada pared, cuarto y espacio de la Fundación El Cottolengo del Padre Ocampo, que por estos días celebra 50 años de existencia, se recubre con la más ávida experiencia de hombres y mujeres que aún conservan su juventud en el alma.

Cuando Rosmira Patiño, una anciana de 96 años, y más de 30 de vivir en el Cottolengo, salió de la misa ayer, no dudó un segundo en sentir la felicidad de ver que una cámara fotográfica se le acercaba, y con su voz entrecortada exclamó “¡Hoy no perdí la arreglada!”.

Como ella, cada residente del hogar escoge su estilo propio. Una pava roja con un moño blanco, que sobresalía en su cabeza, combinaba perfectamente con el vestido del mismo color, los aretes y los tenis rosados. Su atuendo lo cuida con detalle, pues dentro del hogar también reside la persona que más compañía le brinda.

Se trata de su novio Eufabio Zúñiga, un anciano con 12 años de permanencia en la Fundación. Ambos, con once años de noviazgo, hacen parte de las más de 35 parejas que a diario pasean cogidas de la mano por las instalaciones del Cottolengo. Desde luego, Rosmira no abandona sus labores como esposa. Cada vez que puede le plancha la ropa a su ‘amado’, pese a reconocer que sufre de asma y tiene prohibida tal actividad.



Don Ovidio López, con 68 años de edad, es otro residente del hogar geriátrico. A diferencia de Rosmira y Eufabio, se considera un ‘solterón’. Don Ovidio duerme en el segundo piso del pabellón de hombres, el espacio para los que el hogar han clasificado como ‘los independientes’. Para él, su llegada al ancianato permitió recuperar todos los años de desespero laboral que soportó en Cali antes de morir su madre, ciudad a la que se desplazó a los 40 años, luego de haber desempeñado labores en Pereira.

“Si a Cottolengo no le ayudan, se tiene que cerrar, porque no podemos sostenerlo. Necesitamos muchas más donaciones”. Margarita Arango, directora de la Fundación.
Don Ovidio pasó un largo tiempo debajo de un puente, por la avenida de Los Cerros de Cali. Allí su vida seguía impregnada de ausencia familiar, hasta que después, hace cuatro años, una señora quien conocía el ancianato le hizo la invitación para que se quedara allí.

Hoy, en el hogar, don Ovidio volvió a colmar su vida de la compañía que tanto anheló. Ahora se encarga de asear el comedor central y servir la comida.

Hace 24 meses perdió su ojo izquierdo debido a una infección. Está sufriendo de una úlcera gástrica y osteoporosis, por lo cual su alimentación requiere de cuidados especiales. Cuidados que en este momento no se le pueden prestar, al igual que a muchos otros abuelos, precisamente por la carencia de recursos en la que se encuentra el ancianato.

Cada mes, el hogar necesita $150 millones para su sostenimiento, pero esta cifra casi siempre es inalcanzable.

Margarita Arango Mejía, directora de la Fundación, reconoce que “en Cottolengo muchas veces se amanece sin plata”. Aún así siempre ha contado con la caridad de los fieles benefactores.

Pese a ello, Arango dice que lo más importante es que los abuelitos cuenten con atención y apoyo, pues mejora su estado de ánimo.

Los ancianos presentan diferentes condiciones de salud física y mental, por lo que la Fundación requiere del apoyo constante de la ciudadanía y del Estado.

Historia

En un inicio el hogar funcionaba en el barrio El Piloto, bajo el nombre de San Pío X, en la Comuna 3. Allí el padre Fray Alonso Ocampo comenzó con la asistencia de niños y adolescentes desprotegidos.

En 1961, el hogar pasó a llamarse Aldea del Cottolengo en memoria a José Benito Cottolengo, el santo de los pobres.

En 1985 el padre fallece y en su honor el hogar para ancianos tomó el nombre de Fundación El Cottolengo del Padre Ocampo.

Hoy cuenta con la presencia de seis hermanas dominicas que llevan el mensaje católico a los 350 abuelitos que allí viven.

Datos

  • Alrededor de $1.800 millones se requieren cada año para el sostenimiento de la Fundación El Cottolengo, con sede en Jamundí.

  • El 2008, con la evidente crisis económica mundial, fue el más difícil para la Fundación.

  • El 65% de los aportes son de empresas privadas y personas naturales,el 30% es de la Fundación y sólo el 5% es del sector oficial.

  • Si usted quiere ayudar a esta causa y no dejar solos a estos abuelos, comuníquese al teléfono 5915713.



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