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El editorial
Continuismo en Argentina
Octubre 30 de 2007

Cristina Fernández de Kirchner, la atractiva y millonaria senadora oficialista, esposa del actual Presidente, fue elegida como su sucesora, al obtener un 44% de los votos contra apenas el 23% de la segunda en disputa, la centrista Elisa Carrió, quien representaba al Movimiento Coalición Cívica. Muy lejos, con apenas un 8%, quedó la disidencia peronista del ex ministro Roberto Lavagna.

Nominada a dedo por su cónyuge, candidata sin necesidad de tener que pasar por un proceso de controversia interno en el seno del oficialismo y contando con el apoyo de la maquinaria oficial, la señora de Kirchner no precisó someterse a debates con sus contradictores y ni siquiera le presentó un programa de gobierno a la opinión pública. Se limitó a cabalgar sobre el crecimiento económico del país durante el mandato de Néstor Kirchner, que ha alcanzado un nivel del 8% anual.

Así, el triunfo de la primera mujer en Argentina por medio del voto popular ha carecido de una historia de lucha y esfuerzos que lo asemeje siquiera a ese ícono de los viejos peronistas que fue Evita, la reina de los descamisados. Cristina es todo lo contrario: fashion, glamour y una presencia distante que todo lo ojea desde las cumbres del poder.

Esa es tal vez una de las razones, pese a la cómoda victoria, que explica su derrota en Buenos Aires, Rosario y Córdoba, las tres ciudades más importantes del país. La verdad es que el oficialismo no logró captar el voto de las clases medias urbanas, preocupadas por problemas como la inflación y los casos de corrupción que han afectado al Gobierno, temas sobre los que no tuvo nada para decir la Mandataria electa.

La verdad, esta es una historia singular en la que la Presidencia de un gran país, lleno de problemas, pasa de las manos de un esposo a las de su mujer sin mayor controversia, en medio de una apatía general. Pero tanto la inflación, como la pobreza, el alto nivel de criminalidad y los casos cada vez más frecuentes de corrupción oficial serán tópicos álgidos que tendrá que enfrentar, todos ellos heredados de la administración de su cónyuge, que pueden llevar a este continuismo argentino a una crisis general.

Es lo que más temen los ciudadanos de las grandes ciudades del país austral, quienes aún recuerdan la crisis de los 80 y comienzos de los 90, con inflación galopante, cierre de industrias, desempleo generalizado y surgimiento de grandes cinturones de miseria, extraños a la fisonomía de las sofisticadas urbes argentinas. La simpatía, el talante alegre y la capacidad oratoria de la señora de Kirchner no parecen ser virtudes suficientes para afrontar los retos del futuro inmediato, menos si ha de estar rodeada del oficialismo kirchnerista y del propio Presidente actual.

Si en muchas ocasiones el continuismo resulta negativo aun si se trata de gobiernos exitosos, mucho más grave cuando ello se sucede para prolongar administraciones que están carcomidas por las dudas de los ciudadanos y las realidades de corrupción imperantes.
 


 

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