“La amo y la amé”
Mayo 30 de 2010
Juan Carlos Lecompte dice que su libro ‘Íngrid y yo’, que acaba de llegar al país, es una historia de amor sin final feliz. Nos contó cómo exorcizó sus demonios.
Por Isabel Peláez y Claudia L. Bedoya
“Con Íngrid no hablo desde enero de 2009. Si pudiera hablar con ella, le preguntaría en qué momento se le quitó el amor por mí, qué fue lo que hice mal, qué fue lo que dejé de hacer”...
Así es como el publicista cartagenero Juan Carlos Lecompte define su relación actual con la ex candidata presidencial Íngrid Betancourt. Su libro ‘Íngrid y yo, una libertad dulce y amarga’, que inicialmente estaba disponible en francés, ahora llega a Colombia para revelar las intimidades de un matrimonio marcado por el secuestro.
¿Cuánto tiempo le tomó escribir el libro?
El 14 enero del 2009 mi padre falleció y yo había quedado muy mal con Íngrid, desorientado, y no sabía cómo reiniciar mi vida. Pensé en ir a donde un psiquiatra. Para hacer un exorcismo, una catarsis empecé a escribir el libro –en febrero del 2009–, para poner las cosas en perspectiva y entenderlas. Me sirvió, porque a medida que lo escribía me sentí mejor.
Cuando lo estaba terminando, en mayo del año pasado, me llamaron de una editorial francesa que me proponía escribir un libro, les dije: “Ya lo llevo por la mitad”. Les mandé las primeras páginas, les interesó y firmé contrato. Lanzaron el libro (‘Íngrid et moi’) en enero de este año. Y los franceses lo vendieron a Planeta en Colombia.
¿Le contó a Íngrid que iba a escribir el libro? ¿Qué ha dicho ella al respecto?
No, con ella no volví a hablar desde que mi padre murió. Sí me llamó en el momento de las exequias, pero no le contesté. Después no me volvió a llamar. Nunca más volvimos a hablar. No tengo ni idea si lo habrá leído o cómo le habrá parecido. Creo que el libro debió gustarle, porque es una historia de amor, yo en ningún momento le reclamo nada, ni la inculpo. Yo digo allí que la amo mucho, que la amé mucho, que la culpa de que lo nuestro se haya dañado es de las Farc, del secuestro y la violencia.
¿Ni siquiera se han visto en el juzgado para el proceso de divorcio?
Como ella puso en el divorcio que tiene domicilio en Francia, no está obligada a asistir a las indagatorias, yo sí he asistido. Estamos en el proceso. El mes que viene o en un par de meses dan el fallo.
El capítulo más duro de escribir...
Fue el primero, porque de verdad, a mí sí me dio duro ese recibimiento. Afortunadamente, recibí una llamada de ella, 15 minutos antes de que aterrizara su avión. No me acuerdo bien qué fue lo que me dijo, pero sí la percibí muy distante, muy fría, era como si nos hubiéramos dejado de ver el día anterior. Ahí sentí que la cosa ya no iba a ser como antes. Desde que colgué me dije: “Aquí no hay nada y va a pasar lo peor”, como de hecho pasó. Pero si me voy a recibirla sin previo aviso, caigo frito en la mitad de la pista.
¿Qué batallas ganó por Íngrid?
La vez que nos tomamos la Catedral, la idea fue mía. Se la comenté a Marlen Orjuela, la que coordina a las madres de los soldados y de los policías secuestrados. Surtió efecto, llamamos la atención de la opinión pública sobre el intercambio humanitario y el presidente Uribe nos recibió. También gustó mucho cuando lanzaba las fotografías de los hijos de Íngrid en la selva. Incluso ella me dijo, la noche que pasamos juntos –la única desde que quedó libre–, que había sabido de esa acción. Y la idea de llevar el ‘dummie’, la fotografía de ella en su tamaño natural, se convirtió en símbolo del secuestro en Colombia, en Francia y otros países. En Newsweek, una frase de la semana, en el 2003, fue una mía del ‘dummie’: “A Íngrid la llevo en el avión, la pongo en la silla de al lado, pero la mayoría de las veces a mi esposa la colocan donde van los abrigos”.
¿Le pesa haber cargado el ‘dummie’?
No, creo que se posicionó y se convirtió en un símbolo, tanto que hace seis meses la revista SoHo me encargó el artículo ‘¿Qué pasó con el ‘dummie’ de Íngrid?’
Los diarios franceses lo han llamado un “Playboy de 51 años” ¿Qué piensa?
Algunos periódicos me pusieron como si fuera George Clooney en promoción. A los periodistas en Francia les caí muy bien, me vieron muchas veces allá, luchando por la libertad de Íngrid, y cuando leyeron el libro les pareció muy simpático. Es una historia de amor que se convierte en tragedia, tiene visos dramáticos y no tiene final feliz. Pero hay unos episodios que matizo con humor y han caído bien. Yo tampoco me explico por qué dirían eso.
¿Cuál fue su mayor desilusión al quedar Íngrid libre?
El recibimiento. Yo soñaba con un abrazo largo, fuerte, de cinco minutos, los dos callados, sin decirnos nada, pero eso no sucedió. Yo esa noche le dije: “Íngrid, déjame darte ese abrazo con el que siempre soñé y que no te pude dar en el aeropuerto”. Al minuto de estar abrazados sentí que ella no estaba en la misma onda mía. No me correspondió.
Yo le aposté a que volveríamos a estar juntos, esa apuesta la perdí. Pensé que nuestro matrimonio era sólido, de hecho nunca peleábamos, nunca nos llevábamos mal ni nos decíamos cosas feas. Ella sólo se disgustaba conmigo cuando me cortaba el pelo y no le avisaba. Pensé que nuestro matrimonio era perfecto, y que si la cosa no iba a marchar bien, íbamos a estar cuatro meses y al quinto mes íbamos a decir: “No podemos vivir juntos, porque hemos cambiado”. Pero nunca pensé que la cosa se iba a dar así como se dio, en vivo y en directo, delante de 100 millones de personas.
¿Qué apuesta ganó?
Que me quedó mi conciencia tranquila, porque luché por su libertad, me entregué a una causa que la gente reconoce y que trascendió fronteras. Así como Moncayo logró posicionar a su hijo como un secuestrado importante dentro del grupo, nosotros, con la familia de Íngrid, cada uno por su lado, logramos posicionarla como un símbolo del secuestro. Si no hubiéramos hecho todo lo que hicimos, el Presidente Uribe no hubiera hecho la Operación Jaque y se hubiera cruzado de brazos, como está pasando con los secuestrados que quedan en la selva, que se han convertido en anónimos y el Gobierno no está haciendo nada por ellos.
¿Es cierto que Íngrid le pidió dinero, a pesar de vivir a expensas del gobierno francés?
Inocentemente, siempre tuve la esperanza de que, que tras su viaje a Francia con los hijos, nos íbamos a volver a ver y lo íbamos a intentar. Y como ella me pidió plata y aún era mi esposa, le mandé todo lo que tenía. Siempre pensé que podía volverla a conquistar. Pero nunca más tuvimos la oportunidad hablar, desde enero de 2009.
¿Cómo recibió los romances que les atribuyeron a cada uno?
Eso fue terrible. Ahora que salió el libro de los gringos, donde dice que parece que estaba con uno de ellos, yo estaba curado en salud, porque muchos años atrás decían que estaba de novia de Cano, que había tenido un hijo, luego, que un aborto... En fin, me dijeron mil cosas y a mí hasta me relacionaron con una mexicana. En el libro narro el episodio con ella: una periodista que me entrevistó, después me invitó a su casa y como no quise nada con ella, puso en mi boca cosas que no dije.
¿Qué hizo el brazalete que Íngrid elaboró en la selva y luego le dio a usted?
Lo tengo guardado en un cajón.
¿De qué familiares de Íngrid tuvo apoyo?
De los hijos.
¿Cómo es la relación con ellos ahora?
Infortunamente, Melanie y Lorenzo, a quienes yo quiero mucho, están con su mamá. Con Astrid (hermana de Íngrid) y Yolanda (mamá) nunca me llevé bien ni antes, ni durante, ni después del secuestro. Pero con los niños me llevé bien durante el secuestro; incluso me llevé bien con el primer marido de Íngrid.
¿Por qué no tuvieron hijos?
Tuve un primer matrimonio antes, Íngrid es mi segunda esposa. Ella sí quería tener hijos en algún momento. Pero yo tengo esa teoría de que el mundo cada vez está peor. Si yo viera que el mundo mejora, que los cerros de Bogotá cada día están más verdes, que en las islas del Rosario cada vez hay más fauna y flora, lo pensaría, pero no me parece chévere traer hijos a un mundo en decadencia. Ya somos muchos. Y creo que contribuyo en algo no dando hijos a la depredación. Para mí, la raza humana es un virus.
No tuvieron hijos, pero sí un labrador...
Sí, se murió un año antes de la liberación.
¿Su muerte fue premonitoria del fin de la relación?
No, lo que sí fue premonitorio fue el vestido que Íngrid usó en nuestro matrimonio. Nos casamos dos veces. Una en Murea, por el rito polinesio. Y otra por lo civil, en 1997, en la casa con un notario. Ella se puso el vestido de matrimonio que usó la mamá cuando se casó. Eso fue una premonición de que la mamá iba a estar siempre muy metida en nuestra relación.
¿Cómo es su vida hoy?
Estoy trabajando en publicidad, en manejo de comunicaciones, empezando a rehacer mi vida, estoy muy contento. Escribir este libro me sentó muy bien y estoy seguro de que la vida me va a dar una segunda oportunidad.
Ha dicho que tiene novia...
Eso queda de reserva del sumario.
¿Qué tema quedó pendiente?
Todos. Me hubiera gustado tener una conversación con ella de cinco horas y hablar de todo. Pero nunca tuve la oportunidad de hablar con ella tranquilitos.
¿Qué fue lo más dulce y lo más amargo de la libertad de Íngrid?
Dulce fue la libertad. A mí me quitaron un piano de encima, al verla reencontrarse con sus hijos en el avión francés. Eso no salió en la prensa, pero es de las escenas más lindas que he visto en mi vida y la llevaré conmigo siempre. Fue muy dulce. Lo amargo fue el recibimiento de Íngrid, y eso del divorcio.
En pocas palabras
#Quedé decepcionado de la política. El secuestro de Íngrid fue político y por ello me tocó hacer política. Pero me desilusionó, hay muchas traiciones”. Juan Carlos Lecompte, esposo de Íngrid Betancourt.
Juan Carlos Lecompte
Nació en: Cartagena, 1958
Profesión: Es arquitecto pero se ha dedicado a la publicidad.
Su historia con
Íngrid: Se conocieron en 1995. Participó en la creación del partido Verde Oxígeno. En el 2002, cuando ella estaba secuestrada,
la inscribió en las elecciones presidenciales.