El Ferrari marcado por el ‘Rasguño’ de la mafia
Mayo 30 de 2010
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Aunque se especulaba que el Ferrari valía US$250.000, en 1991 Gómez Bustamente pagó exactamente $103.694.418 millones por él.
Foto: Jorge Enrique Rojas / El País |
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Aunque estacionado hace dos años, el carro más preciado de Hernando Gómez Bustamente sigue causando problemas. Crónica de una costosa inmovilidad.
Por Jorge Enrique Rojas, editor de la Unidad de Crónicas y Reportajes
El Ferrari Testarrosa, ícono enllantado del poder, el lujo y la ostentación cuyo símbolo es un caballo encabritado, huele a un animal que se empieza a descomponer.
Aunque el vehículo tenga 19 años de fabricación, el interior de un auto así, célebre como uno de los más glamurosos en la historia de los deportivos, debería permanecer tan inodoro como la cabina del jet donde viaja el Papa. Pero éste, con apenas 1.265 kilómetros de recorrido, tiene un olor extraño: podría ser una humedad o la cojinería de cuero malograda por los años o simplemente la falta de aire colándose a 286 kilómetros hora por sus ventanillas, quién sabe. Lo cierto es que huele raro así su piloto ya no sea Hernando Gómez Bustamante, alias ‘Rasguño’, el narcotraficante que en 1991 pagó 103 millones de pesos para poderlo estacionar en uno de sus garajes de Cartago y presumir así de la supremacía que tenía entonces entre los mafiosos del norte del Valle. ¿Existirá un ambientador que combata el tufo de aquella historia?
Ahora el carro está parqueado en el sótano de la Dirección Nacional de Estupefacientes, DNE, un viejo edificio de diez pisos ubicado en el barrio Chapinero de Bogotá. En el estacionamiento, tan grande como dos canchas de baloncesto, ocupa la plaza marcada con el número 16 y se mantiene cubierto con una lona gris, sólo destapada cuatro veces al año por un técnico contratado exclusivamente para que lo encienda, le revise el motor y conjure posibles fugas en un vehículo que tiene el kit original para primer cambio de aceite aún guardado en su baúl.
Entre las labores del mecánico, cuyo nombre es una incógnita, también está moverlo algunos metros dentro del parqueadero para mantenerle activa la suspensión y evitar sacarlo a la calle; las pocas veces que lo han hecho, guardaespaldas profesionales tuvieron que escoltarlo para resguardarlo de curiosos y fisgones impertinentes. El Ferrari, una joya de la incautación, personificación en hojalata de la lucha contra los narcos, procura ser conservado lejos de rayones y abolladuras. Pero la tarea no es fácil; aunque inmóviles, los excesos de la mafia siguen desangrando al país. Quién lo creyera:
Por el trabajo del mecánico que se encarga de su mantenimiento, el Estado paga cada año cerca de un millón de pesos; también se destina dinero para renovarle la póliza contra todo riesgo y otro tanto para impuestos y llenar de combustible su tanque de 3.450 centímetros cúbicos. La idea es mantenerlo al día mientras se lleva a cabo el proceso de extinción de dominio, sale de la Lista Clinton y al fin puede ser sometido a una subasta pública con el propósito de reinvertir el valor de su venta en el programa antidrogas. Para ello, según los estimativos, falta al menos un año.
Junto al Testarrosa, otros 9.000 automóviles decomisados a la mafia son custodiados por la DNE con miras a ser comercializados, pero sólo en 63 de ellos se adelantan procesos de extinción; el resto, más del 90%, son carros viejos, destartalados, chatarras en algunos casos carcomidas por el salitre, que una vez fueron empleadas para el microtráfico en ciudades, pueblos y puertos. Pese a todo, por unos y otros, el Gobierno debe designar cada año casi 300 millones de pesos para cubrir sus gastos de amparo y custodia.
La venta del auto italiano, sin embargo, tiene complicaciones todavía mayores. Aunque su avalúo comercial actual ronda los 150.000 dólares, el mismo director del DNE, Ómar Figueroa, sabe bien que no será posible negociarlo en ese valor pues resulta impensado que alguien pague tanto por un vehículo con ese pasado. Así entonces, su precio depende de unas fórmulas de descuento que deberán ser aplicadas por el Consejo Nacional de Estupefacientes, previo aval de la Fiscalía General de la Nación. “El valor final sería como del 75% de la tarifa total. A partir de ahí empezaría la puja”, dice Figueroa.
Pero hay más trabas. Antes de eso, el auto tendrá que ser revisado por un perito de la casa italiana Ferrari que determine cuál es su estado de conservación y cuánto podrían pedir por él; y la Ferrari, se sabe, no tiene sucursales en América Latina. Aunque en la DNE aseguran que basta con enviar los datos de kilometraje, los conceptos del mecánico y algunas fotografías, la diligencia en realidad parece poco probable de acuerdo con el concepto que un vendedor de The Collection, concesionario autorizado para la venta de Ferraris en la esquina Bird Road y Ponce de León de Miami, le dio vía telefónica a El País: “Aquí no hay nadie que haga ese trabajo”.
V.M., un piloto de prueba experto en autos deportivos que ahora vive en Bogotá, cree que, con mucha suerte, el deportivo podría ser negociado en 200 millones de pesos. A pesar de que Luis Fernando Sáchica, subdirector de Bienes de la DNE, asegura que los dueños de las compra ventas de vehículos más grandes del país han manifestado su interés, el piloto duda que un coleccionista haga ese negocio por otra razón que se suma a todas las anteriores: los carros, como las neveras, las licuadoras y el amor, se dañan más quietos que cuando están en movimiento. Y no es por romperle el corazón a nadie, pero el Ferrari ya tiene sus rasguños.
Datos claves
Gómez Bustamante le debe su apodo de ‘Rasguño’ a una cicatriz dejada por un disparo en la mejilla, que recibió cuando tenía 15 años de edad.
Entre sus propiedades se contaban 68 fincas, 13 apartamentos, 6 bodegas, 37 casas, 6 garajes, 14 locales, 24 oficinas, 17 parqueaderos y 17 sociedades. |
En la barriga de una ballena alada
El carro, en el que un conductor del tamaño de un basquetbolista podría quedar tan cómodo como en su propio sofá para ver televisión, mencionado en diarios y revistas como el bien más preciado de ‘Rasguño’, está en poder de la justicia desde el 8 de agosto del 2007, un mes después de que Gómez Bustamante fuera extraditado. En una entrevista concedida días antes, el capo contó, sin embargo, que ni siquiera lo había manejado. Aquella vez dio a entender que el auto le importaba poco en comparación con otras cosas que también estaban en poder de las autoridades: un fusil bañado en oro y una pintura de Peter Paul Rubens que compró en siete millones de dólares.
Vaya uno a saber qué diría hoy si supiera la verdad: esa obra, almacenada en el Museo Nacional de Bogotá, fue avaluada por expertos que conceptuaron que se trataba de una burda copia. Cristina Lleras, curadora del Museo, dice que aunque no se trata de un dictamen oficial, “eso es obvio por la torpeza de los trazos. Además, el original está en un museo de Viena”. Los cuentos sobre los engaños perpetrados por copistas de arte, ya son anécdota conocida entre la mafia. Sin saber en que gastar la plata, los narcos compran cualquier cosa que les sirva para ostentar: cuadros, zoológicos, edificios, hoteles, políticos, reinas, carros y aviones. Los narcos deliran por la velocidad. ‘Rasguño’, por ejemplo, tenía un avión Piper para transportar a sus siempre jóvenes novias y un Antonov, ballena alada de aluminio que utilizaba para enviar coca a África y mover su Ferrari de una ciudad a otra.
Esa es una de las leyendas más comunes en relación al carro que aún sobreviven en algunas esquinas de Cartago: que el capo le tenía, incluso, un avión para llevarlo de un lado a otro. M.T., un testigo protegido que tuvo cierto nivel de cercanía con gente que hizo parte de la organización criminal de Gómez Bustamente, cuenta desde un país europeo que aunque nunca vio el auto saliendo de la panza de la aeronave, la versión no le resulta extraña: “Hernando era un tipo ostentoso y hacía lo que quería. Tal vez con el carro pasaba como con las muchachas bonitas que, sin importar donde las viera o donde estuvieran, las alzaba y se las llevaba pa’ donde fuera”.
S.V., la hija mayor de quien llegó a ser un ‘sol naciente’ del Cartel de Cali, es decir un narcotraficante en ascenso, dice que alguna vez su padre le comentó que el embeleco ese del Ferrari de ‘Rasguño’ seguramente obedecía a un gusto reprimido de épocas difíciles. En ellos, los traquetos, me explicó la chica mientras conducía una 4x4 a más de 80 kilómetros, siempre sucede: “Cuando coronan, compran de un momento a otro lo que una vez le velaron a otro”. Quizás sea cierto: en 1986, cuando tenía 28 años, Gómez Bustamante trabajaba como empleado de una estación de combustible en Cartago y allí, echando gasolina, era lo más cerca que podía estar de un carro: en ese tiempo, el narcotraficante que llegó a manejar el 50% de los envíos de coca que desde Colombia se hacían a los Estados Unidos y tener propiedades avaluadas en 270.000 millones de pesos, estaba reportado en Datacrédito.
Lo del repentino capricho puede ser: según el proceso radicado en el folio 4743 en la DNE, el 28 de octubre de 1991 llegó el Ferrari a Bogotá en un vuelo de LAC Airlines procedente de Ciudad de Panamá, de donde había sido remitido por la firma comercial Activos Económicos S.A.; y hasta Panamá, fue transportado en barco desde Miami. Según el registro de importación 041-53075, tres días después de que arribara a Colombia, el carro ya tenía los papeles de entrada tramitados y el 19 de noviembre contaba con la tarjeta de propiedad a nombre de un testaferro caleño que en esa época vivía en la Avenida Roosevelt con 37A.
El dato podría ser mera pirotecnia si no fuera porque hoy día, a una cuadra de allí, la Fiscalía ocupa un bien expropiado a un extinto capo. El modelo, que opera a través de la DNE, busca que justo esos bienes que en otros tiempos sirvieron para dañar, ahora sirvan para reparar. Pocos saben, por ejemplo, que muchas de las camionetas y camperos que pertenecieron a mafiosos y matones, ahora están al servicio de Ministros, Gobernadores y unidades Policiales de todo el país. Pero lo más paradójico, algo bello después de todo, es que otro tanto de esos vehículos han terminado sirviendo para movilizar a alcaldes de zonas rojas, algunas veces amenazados por narcos que piensan que el mundo es suyo. Quién lo creyera: tal vez un día el Ferrari terminé por ahí, rodando por caminos destapados, entre fango y piedras, llevando y trayendo a algún alcalde de un municipio pobre, mientras su lámina se llena de rasguños y su cojinería de cuero blanco termina de arruinarse. Seguramente así, al fin podrá oler mejor.
En pocas palabras
"Sólo en cánones de arrendamiento de predios incautados y administrados por la DNE, recuadamos 180.000 millones de pesos desde el 2006 a la fecha”
"En el Valle recibimos cerca de 10.000 hectáreas de caña, cuya renta significará un gran aporte directo al Estado”. Ómar Figueroa, director DNE.