El Editorial
Un legado de violencia
Mayo 26 de 2008
Con la muerte de Pedro Antonio Marín, alias Tirofijo, su máxima figura, las Farc reciben otro contundente golpe a su terrorismo y su violencia. Es el momento para que los sobrevivientes que quedan al mando de la organización piensen por primera vez en serio sobre la posibilidad de encontrarle una salida negociada a su supuesta rebeldía.
Cualquier cosa podrá decirse ahora, menos que el tenebroso cabecilla fuera el héroe de una causa noble. Sin duda, fue el guerrillero más antiguo sobre la tierra. Pero su larga carrera de crímenes que no condujeron a nada, que no beneficiaron a nadie salvo a algunos miembros de su organización y que sí le produjeron tristeza, dolor y miseria a millones de colombianos, podría ponerse como ejemplo del daño que se puede causar cuando el objetivo sólo es la violencia por la violencia.
Aunque fuera uno de los fundadores de las Farc, es imposible reconocerle a Marín alguna base ideológica. Ésta se le debe al Partido Comunista de los años 60, las épocas de la Guerra Fría, cuando la entonces Unión Soviética desparramó su semilla de odio en América Latina, supuestamente para debilitar a su rival, los Estados Unidos. Después, aprovechando las flaquezas del Estado colombiano y tras haberse apoderado de la riqueza que generaba el narcotráfico, desafió a la Nación con el terrorismo a destajo que sin consideración humanitaria llenó de sangre a Colombia.
La actitud soberbia, respaldada por la riqueza mal habida, llevaron a Marín y a su grupo a desconocer las ofertas de paz negociada que se le hicieron desde 1982, en épocas del presidente Belisario Betancur. Y a tirarle la puerta en la cara a Colombia, cuando el presidente Andrés Pastrana realizó el gesto más generoso de que tenga noticia nación alguna: el despeje durante tres años largos de 40.000 kilómetros cuadrados. A ese gesto, las Farc, bajo su mando, contestaron con el terrorismo que les valió la descalificación de la comunidad internacional, con pocas excepciones.
Con tales desconocimientos, unidos a gestos como el dejar vacía la silla que le ofreció el presidente Pastrana en los actos que dieron inicio al proceso de paz, las Farc mostraron a la humanidad sus verdaderas intenciones: tomarse el poder prevalidos de su capacidad de amedrentamiento y la inconciencia mundial frente a sus atrocidades. Al fracasar su intención de paz, Colombia fortaleció sus instituciones de seguridad y dio paso a la Seguridad Democrática.
Hoy, las Farc son un grupo acosado por sus fracasos, minado en su moral por los abusos y en su capacidad de combate por la acción de la Fuerza Pública y la Política de Seguridad Democrática del presidente Álvaro Uribe. Y sólo les queda como bandera el abuso de los secuestrados en su poder. La muerte de ocho de sus principales cabecillas debe servirles de ejemplo. El legado de Pedro Antonio Marín es la violencia, que sus sucesores aún pueden cambiar, aceptando las negociaciones que se les ofrecen, para evitar que les caiga encima el peso de sus fechorías.