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Sagitario. Por: María Elvira Bonilla.
Entre paisas y caleños
Mayo 09 de 2008

Quebradanegra es un lugar infernalmente pobre situado en la Comuna Nororiental de Medellín. Una invasión de desplazados, especialmente del Pacífico que, como tantas, tomó forma de barrio subnormal urbano, aunque aún sin servicios públicos. Ranchos improvisados de bahareque techados con plástico o de eternit, montados en el zenit de la habitada loma de la comuna donde, para llegar, es mucho lo que se debe ascender. Las comunas siguen siendo un enjambre de precariedad y miseria que se observan en toda su dimensión desde las alturas del metro cable, el mismo desde el que decenas de congresistas gringos la han divisado en los toures organizados por la Cancillería, en la carrera por conseguir la aprobación del TLC, en un intento por mostrar el tesón y la fuerza paisa, desafiadas por las dificultades.

Quebradanegra parece un barrio de Cali, de aquellos levantados a la orilla del río Cauca y que conforman el distrito de Aguablanca. Barrios de desplazados de Buenaventura, Guapi o Tumaco que dejaron el jarillón del río para acomodarse en minúsculos lotes a los que poco a poco les ha ido llegando la ciudad. Es la misma pobreza, es el mismo abandono, es el mismo desarraigo recuperado a través de la música, la comida y las costumbres.

No se trata de entrar en rivalidades ni competencias ni comparar cifras de realidades sociales. Pero lo cierto es que Medellín es una ciudad igualmente escindida y fracturada, donde los residentes de El Poblado y demás barrios residenciales viven tan encerrados en sí mismos y aislados como en Cali están los del oeste y sus alrededores. Tan lejos del sur y de las comunas nororiental y noroccidental los unos, como de Aguablanca los otros. La pobreza, la violencia y las dificultades de Medellín resultan tan avasalladores como lo son en cualquier ciudad de Colombia, incluidas Cali y Bogotá. Habitadas por desplazados del campo o de las costas, sobreviven a merced del precario rebusque callejero en condiciones que no se merecen los seres humanos.

Existe sólo una diferencia: que Cali no esconde sus desgracias. Mantiene expuestas sus heridas, sin disimulos, mientras Medellín se vende al mundo y al país como la ‘Ciudad de la eterna primavera’, de las flores y el perenne sol, donde todo es progreso y superación. Actúan con una autosuficiencia con la que terminan convenciéndose a sí mismos, y a los demás, que en Medellín todo es distinto, que sus males son asunto del pasado y que cada día llega con mejores amaneceres. Aunque las evidencias demuestren lo contrario. Convencidos que, como dice el adagio popular, la ropa sucia se lava en casa, prefieren no ventilar sus problemas, al punto que a la hora de calificar a sus gobernantes, llámese Juan Gómez Martínez, Sergio Naranjo, Luis Pérez o Sergio Fajardo, sin excepción los respaldan, independiente de sus realizaciones reiteran siempre que Medellín va bien -hasta en los tiempos de Pablo Escobar- despidiéndose con índices de favorabilidad superiores al 75%. Lo cierto es que poco queda, aunque las apariencias confundan, de estos odiosos y esquizofrénicos esfuerzos por intentar inútilmente tapar el sol con las manos.
 


 

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