El editorial
La Amazonia y el futuro
Marzo 22 de 2008
Si la contaminación es uno de los nuevos pecados que pueden condenar al hombre, la Amazonia es la mayor prueba de que la humanidad aún debe hacer mucho para expiar sus culpas. No de otra manera se entiende que el mundo haya reaccionado tan pasmosamente ante el anuncio de que es posible que para el 2030 haya desaparecido más de la mitad de la selva más grande de la Tierra.
Tal vez sea producto de que muchos ‘pecadores’ desconocen que en esos seis millones de kilómetros cuadrados se produce la quinta parte del agua dulce del planeta y que allí habita el 30% de las especies de plantas y animales que pueblan el universo, muchas de las cuales incluso todavía no han sido descubiertas. Pero lo que esas estadísticas confirman es que, si de cuestiones teológicas se trata, ya no solamente se está hablando del pecado de contaminar, sino de la violación del quinto mandamiento.
Porque la humanidad aún no ha tomado conciencia de las catastróficas consecuencias que se derivarían del fatal pronóstico que indica que en tan sólo 22 años el 60% de la Amazonia habrá sido arrasada por la deforestación. Así que hacen bien los ambientalistas en recordar que el remoquete de pulmón del mundo no es gratuito, sino que se debe a que esa cuenca es la que regula el clima de casi toda América del Sur y a que sus árboles son grandes procesadores de dióxido de carbono y suministradores de oxígeno.
¿Pero qué es lo que está provocando tal debacle? Sin duda, el primer acto de contrición tiene que provenir de los países desarrollados, ya que las emisiones de gases que generan sus habitantes han llevado a que la temperatura del planeta se haya calentado –dos grados centígrados más en la Amazonia- y a que en esta región de la Tierra las lluvias se hayan reducido hasta en un 20%.
Sin embargo, las nueve naciones que poseen territorio en la reserva mundial, y especialmente Brasil, que reúne más del 50%, son las llamadas a liderar la búsqueda de las urgentes medidas que se deben tomar para detener el epitafio que se cierne sobre la cuenca del río más caudaloso del mundo. Algo que suena paradójico, ya que la solución es minimizar las emisiones de gases que generan el calentamiento global, lo que depende de la voluntad política de los gobiernos y los grandes industriales de los países desarrollados.
Pero también es cierto que noticias como la que revela que durante el último año fueron devastados siete mil kilómetros cuadrados de selva brasileña o la que indica que para el 2005 el territorio colombiano presentó un aumento del 25% en el nivel de cultivos de coca no contribuyen en nada a despertar la conciencia de la comunidad internacional sobre el tesoro que se está perdiendo.
De ahí que los gobiernos de estas dos naciones, así como los de Perú, Ecuador, Bolivia, Surinam, Venezuela, Guyana y Guyana Francesa, tengan que aprovechar al máximo certámenes como la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de América Latina, el Caribe y la Unión Europea, que se realizará en mayo en Lima, para lograr que la humanidad entienda lo que sería de ella si la Amazonia deja de cumplir su vital misión de absorber cien mil toneladas de carbono por año y éstas se suman al mortal efecto invernadero.